sábado, 21 de marzo de 2020

Flashbacks - Eris


Eris miró el cuchillo ensangrentado de sus manos. Miró a su padre, arrastrándose por el suelo de casa intentando llegar al frío cadáver de su esposa. Miró de nuevo el cuchillo, goteando y manchando su vestido. Volvió a mirar a su padre, que exhalaba su último suspiro y perdía el conocimiento por última vez.

Eris sonrió. Se rio. A carcajadas.

Un brazo conocido se posó sobre su hombro.

-Lo he hecho bien, ¿verdad? Lo he hecho bien, ¿verdad que sí? - le dijo al levitante ser que se encontraba a su espalda.

-Toma, Eris. Ahora esto es tuyo.- y le entregó una extraña varita, decorada de forma tan aleatoria y extravagante como si de un sueño febril se tratase.

Ella la usó inmediatamente. Estiró su brazo y la magia pasó a través de todo su cuerpo hasta que salió por la punta de la varita. Una pequeña esfera de luz salió de ella y poco a poco fue tomando la forma de un animal, la de un caballo con un gran cuerno entre los ojos.

-¡Oh! ¡Un unicornio! ¡Me encanta! ¡Gracias Viajero!

La figura de la camisa de fuerza y máscara eternamente sonriente rio bajo la cerámica blanca.

-Tienes talento, niña. Tienes en tu interior el mismísimo Caos, la forma más pura y bella de magia. Úsala.

Después de aquella conversación, pasarían al menos un par de décadas hasta que Eris volvió a saber del Viajero. Ya desde niña sabía que aquel ser era un dios, uno oscuro y atrapado. Pero a Eris eso le daba igual. Ella sólo quería divertirse y durante esos años fue exactamente lo que hizo. Mató, jugó, incluso utilizó el Caos aunque ello supusiera poner en peligro la vida de miles o la suya propia. Fue así como encontró la guarida del hijo del Viajero, Xanathar. Fue así como encontró aquella fantástica baraja. Fue así como encontró la Puerta al otro continente. Eran cosas que para muchos serían importantes pero para ella tan sólo implicaba divertirse, encontrarse artefactos que para ella funcionaban como un juguete en un mundo aburrido y lleno de gente que vivía obsesionada con la muerte, el poder, la libertad o la guerra.

Para Eris, ellos eran los locos. Locos que se empeñaban en llamarla loca a ella.

Y entonces fue cuando conoció a Evelyn Enoch, la famosa emperatriz del poderoso Imperio. Los temas políticos era algo que Eris aborrecía, pero Evelyn le prometió algo que Eris no podía rechazar. Y fue lo que hizo, aceptar su oferta. Y la emperatriz la hizo Inquisidora sin tan siquiera probar su poder.

Pasaron unos cuantos meses aburridos para Eris. Tan aburridos que durante aquellos meses conservó el mismo aspecto que tenía cuando conoció a la emperatriz: pelo rosa chicle en dos enormes y voluptuosas coletas que le llegaban a los muslos, ojos a juego, un vestido negro acompañado de una camisa blanca y un enorme hacha en su cintura.

A Eris no le gustaba permanecer mucho tiempo con el mismo aspecto. Se sentía aprisionada si debía hacerlo y le aborrecía, de manera que cambiaba todo lo que podía. Pero cuando Evelyn la hizo Inquisidora estaba tan concentrada en la promesa que le había hecho que ni siquiera le dio importancia a su propio aspecto.

Y entonces llegó ese día.

Eris observaba desde los restos de la Torre Blanca de Cranea como los soldados reconstruían la ciudad. Reía al ver como aquella ciudad que decía ser indestructible había sido lastimada en el mismísimo centro por una panda de donnadies, destrozando una enorme cantidad de edificios y hasta llevándose el legendario Orbe Azul. No podía evitar llorar de la risa al ver como los gemelos casi morían al tratar de capturar y encadenar con sus wyverns al enorme dragón Hanaru. Mientras reía, por un segundo, lo sintió. Al Viajero. Sabía que no estaba allí pero, lo sintió.

Unos días más tarde la emperatriz llegó y reunió a todos los Inquisidores para darles las nuevas órdenes. Eris decidió no sólo no escuchar, sino que dejó la reunión a medias. Echaba de menos a Nímero, era una compañía agradable y sentía que en el fondo la entendía mejor que nadie. Que fuera un traidor para el Imperio era lo de menos. Para Eris la única fidelidad que existía era hacia uno mismo. Todo lo demás era supervivencia, permanecer bajo alguien para seguir viviendo.

Más tarde, en su habitación y a solas, Evelyn se dirigió a ella directamente.

-Lo tienen, Eris.

-¿Lo tienen?-dijo Eris sorprendida. Hacía demasiado tiempo que nadie era capaz de sorprenderla. Pero por algo la Inquisidora había decidido trabajar para la emperatriz.

-Sí. No sé cómo Xanathar lo ha hecho, pero lo tienen.

Eris chasqueó los dedos y creó frente a ellas una imagen de los intrusos, de todos y cada uno de ellos.

-¿Quién? - preguntó la pelirrosa con una sonrisa de oreja a oreja.

Evelyn señaló a la tritón.

-Su nombre es Azariel.

-Oh, fantástico.-dijo emocionada Eris, aplaudiendo con los manos muy juntas. - Saldré inmediatamente.

-Eris, espera. Recuerda que aún me debes tu parte.-dijo la emperatriz muy seria.

-Sí, lo sé. Cumplo mis promesas... la mayor parte de tiempo-dijo riendo.

-Y ten cuidado. Xanathar quizá se lo ha dado pero estoy segura de que les ha dado otra cosa que podrá defenderlos también. Ya sabes que Xanathar no juega para ningún bando, tan sólo quiere manipularnos a todos y contemplarnos como si fuéramos un juego.

- Oh, por supuesto, Ivy. Si no, no sería divertido.

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