lunes, 16 de marzo de 2020

Flashbacks - El Cercenador


Grumthorg Sierracráneos miró desde su torre a uno de sus batallones volviendo al campamento. Parecían retirarse. Volvían asustados, como inútiles ratas - pensó al verlos. Grumthorg jamás haría eso. Una batalla perdida era una batalla en la que no sobrevivía al combate.

La sombra encapuchada se le apareció nuevamente por detrás y Grumthorg ya sentía de nuevo ese taladrante dolor de cabeza.

-Te avisé.-le dijo desde atrás con esa voz susurrante que el orco tanto odiaba.

-Cállate ya, lagarto.-gruñó el Sierracráneos.-O usaré tu dura piel como armadura.

La sombra sonrió bajo la capucha y permaneció en silencio. El orco de más rango del batallón que se retiraba subió cojeando por las escaleras hasta llegar junto a Grumthorg.

-Señor Grumthorg, señor, nos pillaron desprevenidos. No era el ejército humano que esperábamos. Nos atacaron por la retaguardia.-dijo con la voz entrecortada, aún agarrándose con las manos las profundas heridas.

-¿Y Thoruktan? ¿Qué ha ocurrido con él?-preguntó serio.

-Se quedó atrás. Ordenó nuestra retirada y se quedó atrás para que ganáramos tiempo.

-Retirada... ¿eh? Así que Thoruktan es la razón de que un batallón de orcos haya vuelto convertido en alimento para nuestras monturas...-dijo mientras observaba su dentada espada.

-Alimento... pero, ¡señor!

Pero su gritó quedó ahogado. Grumthorg lo interrumpió clavando su enorme espadón en el centro de su cabeza. Aquel soldado intentaba llegar a la espada con las manos pero ya no le respondían. Intentaba suplicar pero su garganta estaba inundada de sangre. Poco a poco, lenta y dolorosamente Grumthorg fue serrando con su espada la cabeza de aquel cobarde.

-¡Desmembrad a todos los cobardes y dádselos de comer a nuestros jabalíes!-ordenó con gruñidos desde la torre.-Ahora mismo es todo para lo que valen.

Abajo, los orcos que se habían retirado gritaban o suplicaban. Algunos trataban de luchar pese a lo malheridos que estaban, intentando conservar el poco honor que les quedaba.


-Te dije que Thoruktan no estaba a la altura.-insistió la sombra encapuchada.

-Pero es un Sangrenegra. Los Sangrenegra han probado su valor desde tiempos inmemoriales. Su padre fue mi maestro. Tenía que darle una oportunidad. Pero créeme que no volveré a cometer ese mismo error.

-El fin de la guerra se acerca, Grumthorg. Pronto acabará todo. Y se cumplirá todo lo prometido si cumples el papel que se te ha dado. 

-¿Y luego me dejarás en paz, Kovar?-respondió malhumorado.

-Sí. Y Drakandria será toda tuya.



En el campamento ahora sólo se oía el crujir del metal al ser forjado. Los quejidos de los cobardes ahogados por los mordiscos de los enormes jabalíes. Los gritos de guerra de los líderes de batallón preparándose para atacar. Grumthorg lo sentía. La victoria estaba cerca. Desde que era un niño sabía que tenía en él el destino de la victoria orca. La era del elfo y el humano llegaba a su fin.

Unos días después llegó al campamento Thoruktan. Grumthorg no se alegró de verlo y sabía que como líder tenía que castigarlo de alguna forma. Pero aquel orco era un Sangrenegra y como tal sabía que perdería seguidores si tan sólo lo mataba a sangre fría. Debía retarlo en combate, matarlo en igualdad de condiciones, demostrar que era superior a él. Así que esperó a que se recuperase y sus heridas se cerrasen. 

Thoruktan le habló sobre la batalla. Le dijo como el Imperio de Aranea se había aliado con los Pueblos Libres y como se estaban organizado para contraatacar. "Debemos negociar una tregua o nos arrasarán" le insistía, algo que a Grumthorg le hacía hervir la sangre, ya que para él era imposible visualizar la derrota. Sabía que Thoruktan se había reunido con líderes de Aranea, de Volantia, con elfos y hasta con aquel firbolg que Kovar le había advertido que escondía un enorme poder.

-¿Dónde está ella? - preguntó Sierracráneos.

-Ella...-dijo Thoruktan con ojos tristes.-se quedó atrás a luchar. Murió con honor en combate hasta el último aliento.

-Así que él...

-No sobrevivió.-mintió Thoruktan.-Hice lo que pude por salvarlo pero fracasé.

Grumthorg no sintió pena.

Thoruktan era popular entre los orcos por sus dotes de liderazgo pero para Grumthorg tenía una mentalidad débil. Decía ser defensor de los orcos pero al mismo tiempo veía al resto de razas como seres iguales. Y eso causaba en Sierracráneos una enorme ira. No podía permitir que siguiera viviendo si querían llegar a la victoria, así que sin dudarlo lo retó a un duelo mortal por el liderazgo, algo que sabía que no podría negarse. Thoruktan Sangrenegra aceptó.

Al día siguiente, a pocos minutos de celebrarse el duelo y mientras Grumthorg preparaba su armadura, volvió a aparecerse Kovar, la sombra encapuchada.

-Pensé que no volvería a verte. Estás sobreestimando mi paciencia.-le dijo apretando los puños.

-Tengo un regalo para ti.

El gesto de Grumthorg cambió. Odiaba a ese dracónido con toda su alma pero había sido tremendamente útil. Sus consejos y sus avisos siempre habían sido honestos y gracias a ellos había luchado con ventaja en las batallas. Desconocía por qué le estaba ayudando y qué estaría ganando ese ser a cambio, pero con cada promesa y regalo, Grumthorg se hacía más poderoso y como buen Sierracráneos, era lo único que importaba.

-¿De qué se trata?-dijo interesado.

La túnica del dracónido se abrió y de la oscuridad que la cubría surgió un enorme hacha doble, marcada con runas antiguas que parecían sangrar.

-Es la Cercenadora. El hacha que forjó el mismísimo Orcus, hijo de dioses, príncipe demonio de la muerte. Te otorgará un enorme poder y te llevará a la verdadera grandeza. No sólo serás el mayor líder orco que ha existido nunca, sino que serás el abanderado de muerte del gran Orcus. Todo el continente te temerá, Grumthorg.

Al orco se le iluminaron los ojos ante tal visión. Sin pensarlo, agarró el hacha con fuerza y en unos segundos pudo notar como el poder fluía a través de su carne, sus músculos, sus huesos, sus venas.

Tras eso, el dracónido le mostró una esfera verde decorada con dos dragones rodeándola. Grumthorg sólo pudo verla durante unos segundos pero inmediatamente sintió el enorme y puro poder que salía de ella.

-Vence y el orbe será tuyo, Grumthorg el Cercenador.

El duelo comenzó. Grumthorg observó que Thoruktan ya no llevaba consigo su martillo mágico. Se preguntó si lo habría perdido en combate o se lo habrían robado, pero pronto dejó de importarle. El combate había empezado y Grumthorg se sentía más rápido y fuerte que nunca. Podía prever los ataques del Sangrenegra y bloquearlos con extrema facilidad. Atacó una y otra vez con su enorme hacha rompiendo poco a poco la armadura de su enemigo.

Thoruktan, viendo la agresividad de su oponente, aprovechó un hueco en su ataque para clavarle la espada en el vientre, entre dos placas de la armadura. Grumthorg no sintió dolor, así que agarró el brazo del Sangrenegra y empujó la espada más profundamente. Y con un rápido movimiento, bajó el hacha y cercenó el brazo de Thoruktan.

La sangre salía a borbotones, salpicando el cuerpo de Grumthorg. Este levantó el hacha, cuyas runas brillaban con un fuerte y potente color carmesí. Todos los orcos al ver el espectáculo gritaron y canturrearon himnos de batalla. Comenzaron a corear el nombre de Grumthorg.

-¡GRUMTHORG EL CERCENADOR! ¡GRUMTHORG EL CERCENADOR! ¡GRUMTHORG EL CERCENADOR!

La piel de Grumthorg empezó a absorber la sangre que lo cubría y empezó a cambiar de color, a un tono anaranjado.

-Tú... Grumthorg... ¿qué eres?-dijo entrecortadamente Thoruktan mientras la vida le abandonaba.

-Que ¿qué soy? SOY LA IRA DE ORCUS. SOY LA SANGRE. SOY LA VICTORIA.

 Y con un rápido movimiento decapitó a Thoruktan con su hacha. 

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