Grumthorg
Sierracráneos miró desde su torre a uno de sus batallones volviendo al
campamento. Parecían retirarse. Volvían asustados, como inútiles ratas - pensó
al verlos. Grumthorg jamás haría eso. Una batalla perdida era una batalla en la
que no sobrevivía al combate.
La sombra
encapuchada se le apareció nuevamente por detrás y Grumthorg ya sentía de nuevo
ese taladrante dolor de cabeza.
-Te avisé.-le
dijo desde atrás con esa voz susurrante que el orco tanto odiaba.
-Cállate ya,
lagarto.-gruñó el Sierracráneos.-O usaré tu dura piel como armadura.
La sombra
sonrió bajo la capucha y permaneció en silencio. El orco de más rango del
batallón que se retiraba subió cojeando por las escaleras hasta llegar junto a
Grumthorg.
-Señor
Grumthorg, señor, nos pillaron desprevenidos. No era el ejército humano que
esperábamos. Nos atacaron por la retaguardia.-dijo con la voz entrecortada, aún
agarrándose con las manos las profundas heridas.
-¿Y Thoruktan?
¿Qué ha ocurrido con él?-preguntó serio.
-Se quedó
atrás. Ordenó nuestra retirada y se quedó atrás para que ganáramos tiempo.
-Retirada...
¿eh? Así que Thoruktan es la razón de que un batallón de orcos haya vuelto
convertido en alimento para nuestras monturas...-dijo mientras observaba su
dentada espada.
-Alimento...
pero, ¡señor!
Pero su gritó
quedó ahogado. Grumthorg lo interrumpió clavando su enorme espadón en el centro
de su cabeza. Aquel soldado intentaba llegar a la espada con las manos pero ya
no le respondían. Intentaba suplicar pero su garganta estaba inundada de
sangre. Poco a poco, lenta y dolorosamente Grumthorg fue serrando con su espada
la cabeza de aquel cobarde.
-¡Desmembrad
a todos los cobardes y dádselos de comer a nuestros jabalíes!-ordenó con
gruñidos desde la torre.-Ahora mismo es todo para lo que valen.
Abajo, los
orcos que se habían retirado gritaban o suplicaban. Algunos trataban de luchar
pese a lo malheridos que estaban, intentando conservar el poco honor que les
quedaba.
-Te dije que
Thoruktan no estaba a la altura.-insistió la sombra encapuchada.
-Pero es un
Sangrenegra. Los Sangrenegra han probado su valor desde tiempos inmemoriales.
Su padre fue mi maestro. Tenía que darle una oportunidad. Pero créeme que no
volveré a cometer ese mismo error.
-El fin de la
guerra se acerca, Grumthorg. Pronto acabará todo. Y se cumplirá todo lo
prometido si cumples el papel que se te ha dado.
-¿Y luego me
dejarás en paz, Kovar?-respondió malhumorado.
-Sí. Y
Drakandria será toda tuya.
En el
campamento ahora sólo se oía el crujir del metal al ser forjado. Los quejidos
de los cobardes ahogados por los mordiscos de los enormes jabalíes. Los gritos
de guerra de los líderes de batallón preparándose para atacar. Grumthorg lo
sentía. La victoria estaba cerca. Desde que era un niño sabía que tenía en él
el destino de la victoria orca. La era del elfo y el humano llegaba a su fin.
Unos días
después llegó al campamento Thoruktan. Grumthorg no se alegró de verlo y sabía
que como líder tenía que castigarlo de alguna forma. Pero aquel orco era un
Sangrenegra y como tal sabía que perdería seguidores si tan sólo lo mataba a sangre
fría. Debía retarlo en combate, matarlo en igualdad de condiciones, demostrar
que era superior a él. Así que esperó a que se recuperase y sus heridas se
cerrasen.
Thoruktan le
habló sobre la batalla. Le dijo como el Imperio de Aranea se había aliado con
los Pueblos Libres y como se estaban organizado para contraatacar.
"Debemos negociar una tregua o nos arrasarán" le insistía, algo que a
Grumthorg le hacía hervir la sangre, ya que para él era imposible visualizar la
derrota. Sabía que Thoruktan se había reunido con líderes de Aranea, de
Volantia, con elfos y hasta con aquel firbolg que Kovar le había advertido que
escondía un enorme poder.
-¿Dónde está
ella? - preguntó Sierracráneos.
-Ella...-dijo
Thoruktan con ojos tristes.-se quedó atrás a luchar. Murió con honor en combate
hasta el último aliento.
-Así que
él...
-No
sobrevivió.-mintió Thoruktan.-Hice lo que pude por salvarlo pero fracasé.
Grumthorg no
sintió pena.
Thoruktan era
popular entre los orcos por sus dotes de liderazgo pero para Grumthorg tenía una
mentalidad débil. Decía ser defensor de los orcos pero al mismo tiempo veía al
resto de razas como seres iguales. Y eso causaba en Sierracráneos una enorme
ira. No podía permitir que siguiera viviendo si querían llegar a la victoria, así
que sin dudarlo lo retó a un duelo mortal por el liderazgo, algo que sabía que
no podría negarse. Thoruktan Sangrenegra aceptó.
Al día
siguiente, a pocos minutos de celebrarse el duelo y mientras Grumthorg
preparaba su armadura, volvió a aparecerse Kovar, la sombra encapuchada.
-Pensé que no
volvería a verte. Estás sobreestimando mi paciencia.-le dijo apretando los
puños.
-Tengo un
regalo para ti.
El gesto de
Grumthorg cambió. Odiaba a ese dracónido con toda su alma pero había sido
tremendamente útil. Sus consejos y sus avisos siempre habían sido honestos y
gracias a ellos había luchado con ventaja en las batallas. Desconocía por qué
le estaba ayudando y qué estaría ganando ese ser a cambio, pero con cada
promesa y regalo, Grumthorg se hacía más poderoso y como buen Sierracráneos,
era lo único que importaba.
-¿De qué se
trata?-dijo interesado.
La túnica del
dracónido se abrió y de la oscuridad que la cubría surgió un enorme hacha
doble, marcada con runas antiguas que parecían sangrar.
-Es la
Cercenadora. El hacha que forjó el mismísimo Orcus, hijo de dioses, príncipe
demonio de la muerte. Te otorgará un enorme poder y te llevará a la verdadera
grandeza. No sólo serás el mayor líder orco que ha existido nunca, sino que
serás el abanderado de muerte del gran Orcus. Todo el continente te temerá,
Grumthorg.
Al orco se le
iluminaron los ojos ante tal visión. Sin pensarlo, agarró el hacha con fuerza y
en unos segundos pudo notar como el poder fluía a través de su carne, sus
músculos, sus huesos, sus venas.
Tras eso, el
dracónido le mostró una esfera verde decorada con dos dragones rodeándola.
Grumthorg sólo pudo verla durante unos segundos pero inmediatamente sintió el
enorme y puro poder que salía de ella.
-Vence y el
orbe será tuyo, Grumthorg el Cercenador.
El duelo
comenzó. Grumthorg observó que Thoruktan ya no llevaba consigo su martillo
mágico. Se preguntó si lo habría perdido en combate o se lo habrían robado, pero
pronto dejó de importarle. El combate había empezado y Grumthorg se sentía más
rápido y fuerte que nunca. Podía prever los ataques del Sangrenegra y
bloquearlos con extrema facilidad. Atacó una y otra vez con su enorme hacha
rompiendo poco a poco la armadura de su enemigo.
Thoruktan,
viendo la agresividad de su oponente, aprovechó un hueco en su ataque para
clavarle la espada en el vientre, entre dos placas de la armadura. Grumthorg no
sintió dolor, así que agarró el brazo del Sangrenegra y empujó la espada más
profundamente. Y con un rápido movimiento, bajó el hacha y cercenó el brazo de
Thoruktan.
La sangre
salía a borbotones, salpicando el cuerpo de Grumthorg. Este levantó el hacha,
cuyas runas brillaban con un fuerte y potente color carmesí. Todos los orcos al
ver el espectáculo gritaron y canturrearon himnos de batalla. Comenzaron a
corear el nombre de Grumthorg.
-¡GRUMTHORG
EL CERCENADOR! ¡GRUMTHORG EL CERCENADOR! ¡GRUMTHORG EL CERCENADOR!
La piel de
Grumthorg empezó a absorber la sangre que lo cubría y empezó a cambiar de
color, a un tono anaranjado.
-Tú...
Grumthorg... ¿qué eres?-dijo entrecortadamente Thoruktan mientras la vida le
abandonaba.
-Que ¿qué
soy? SOY LA IRA DE ORCUS. SOY LA SANGRE. SOY LA VICTORIA.
Y con un
rápido movimiento decapitó a Thoruktan con su hacha.
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