Eris miró el
cuchillo ensangrentado de sus manos. Miró a su padre, arrastrándose por el
suelo de casa intentando llegar al frío cadáver de su esposa. Miró de nuevo el
cuchillo, goteando y manchando su vestido. Volvió a mirar a su padre, que
exhalaba su último suspiro y perdía el conocimiento por última vez.
Eris sonrió.
Se rio. A carcajadas.
Un brazo
conocido se posó sobre su hombro.
-Lo he hecho
bien, ¿verdad? Lo he hecho bien, ¿verdad que sí? - le dijo al levitante ser que
se encontraba a su espalda.
-Toma, Eris.
Ahora esto es tuyo.- y le entregó una extraña varita, decorada de forma tan
aleatoria y extravagante como si de un sueño febril se tratase.
Ella la usó
inmediatamente. Estiró su brazo y la magia pasó a través de todo su cuerpo
hasta que salió por la punta de la varita. Una pequeña esfera de luz salió de
ella y poco a poco fue tomando la forma de un animal, la de un caballo con un
gran cuerno entre los ojos.
-¡Oh! ¡Un
unicornio! ¡Me encanta! ¡Gracias Viajero!
La figura de
la camisa de fuerza y máscara eternamente sonriente rio bajo la cerámica
blanca.
-Tienes
talento, niña. Tienes en tu interior el mismísimo Caos, la forma más pura y
bella de magia. Úsala.
Después de
aquella conversación, pasarían al menos un par de décadas hasta que Eris volvió
a saber del Viajero. Ya desde niña sabía que aquel ser era un dios, uno oscuro
y atrapado. Pero a Eris eso le daba igual. Ella sólo quería divertirse y
durante esos años fue exactamente lo que hizo. Mató, jugó, incluso utilizó el Caos
aunque ello supusiera poner en peligro la vida de miles o la suya propia. Fue
así como encontró la guarida del hijo del Viajero, Xanathar. Fue así como
encontró aquella fantástica baraja. Fue así como encontró la Puerta al otro
continente. Eran cosas que para muchos serían importantes pero para ella tan
sólo implicaba divertirse, encontrarse artefactos que para ella funcionaban
como un juguete en un mundo aburrido y lleno de gente que vivía obsesionada con
la muerte, el poder, la libertad o la guerra.
Para Eris,
ellos eran los locos. Locos que se empeñaban en llamarla loca a ella.
Y entonces
fue cuando conoció a Evelyn Enoch, la famosa emperatriz del poderoso Imperio.
Los temas políticos era algo que Eris aborrecía, pero Evelyn le prometió algo
que Eris no podía rechazar. Y fue lo que hizo, aceptar su oferta. Y la
emperatriz la hizo Inquisidora sin tan siquiera probar su poder.
Pasaron unos
cuantos meses aburridos para Eris. Tan aburridos que durante aquellos meses
conservó el mismo aspecto que tenía cuando conoció a la emperatriz: pelo rosa
chicle en dos enormes y voluptuosas coletas que le llegaban a los muslos, ojos
a juego, un vestido negro acompañado de una camisa blanca y un enorme hacha en
su cintura.
A Eris no le
gustaba permanecer mucho tiempo con el mismo aspecto. Se sentía aprisionada si
debía hacerlo y le aborrecía, de manera que cambiaba todo lo que podía. Pero
cuando Evelyn la hizo Inquisidora estaba tan concentrada en la promesa que le
había hecho que ni siquiera le dio importancia a su propio aspecto.
Y entonces
llegó ese día.
Eris
observaba desde los restos de la Torre Blanca de Cranea como los soldados
reconstruían la ciudad. Reía al ver como aquella ciudad que decía ser
indestructible había sido lastimada en el mismísimo centro por una panda de
donnadies, destrozando una enorme cantidad de edificios y hasta llevándose el
legendario Orbe Azul. No podía evitar llorar de la risa al ver como los gemelos
casi morían al tratar de capturar y encadenar con sus wyverns al enorme dragón
Hanaru. Mientras reía, por un segundo, lo sintió. Al Viajero. Sabía que no
estaba allí pero, lo sintió.
Unos días más
tarde la emperatriz llegó y reunió a todos los Inquisidores para darles las
nuevas órdenes. Eris decidió no sólo no escuchar, sino que dejó la reunión a
medias. Echaba de menos a Nímero, era una compañía agradable y sentía que en el
fondo la entendía mejor que nadie. Que fuera un traidor para el Imperio era lo
de menos. Para Eris la única fidelidad que existía era hacia uno mismo. Todo lo
demás era supervivencia, permanecer bajo alguien para seguir viviendo.
Más tarde, en su habitación y a solas, Evelyn se
dirigió a ella directamente.
-Lo tienen,
Eris.
-¿Lo
tienen?-dijo Eris sorprendida. Hacía demasiado tiempo que nadie era capaz de
sorprenderla. Pero por algo la Inquisidora había decidido trabajar para la
emperatriz.
-Sí. No sé
cómo Xanathar lo ha hecho, pero lo tienen.
Eris chasqueó
los dedos y creó frente a ellas una imagen de los intrusos, de todos y cada uno
de ellos.
-¿Quién? - preguntó
la pelirrosa con una sonrisa de oreja a oreja.
Evelyn señaló
a la tritón.
-Su nombre es
Azariel.
-Oh, fantástico.-dijo
emocionada Eris, aplaudiendo con los manos muy juntas. - Saldré inmediatamente.
-Eris,
espera. Recuerda que aún me debes tu parte.-dijo la emperatriz muy seria.
-Sí, lo sé.
Cumplo mis promesas... la mayor parte de tiempo-dijo riendo.
-Y ten
cuidado. Xanathar quizá se lo ha dado pero estoy segura de que les ha dado otra
cosa que podrá defenderlos también. Ya sabes que Xanathar no juega para ningún
bando, tan sólo quiere manipularnos a todos y contemplarnos como si fuéramos un
juego.
- Oh, por
supuesto, Ivy. Si no, no sería divertido.