Marko nació una década después de terminar la guerra y vivió toda su vida
en Springcrest. Hijo de ganaderos, aprendió el oficio de sus progenitores y no
tenía mayor ambición que continuar con ello el resto de su vida. Siempre le
pareció ver en el corazón de sus padres una tristeza enorme; intentaban no
hablar demasiado de su pasado pero cuando su padre volvía de la posada, la
lengua se le soltaba. Hablaba de lo bien que estaba cuando Springcrest formaba
parte del Reino, que en aquel momento aquello era una ciudad importante, ya que
estaba a las puertas del enemigo y los comandantes de las tropas tendían a
reunirse allí como punto estrátegico. Pero todo aquello terminó tan pronto
empezó la guerra.
Springcrest fue de las primeras ciudades en caer y ser invadidas por el
Imperio. Y para el padre de Marko la peor parte había sido que les habían
dejado entrar con la intención de recibir ayuda de ellos en la guerra contra
los orcos. Cuando se quisieron dar cuenta, el alcalde de la ciudad había
desaparecido y un representante de la emperatriz daba las órdenes allí. Y poco
a poco Springcrest comenzó a morir y a quedar reducida a un pueblucho ridículo
que olía constantemente a pescado y estiércol. Los de ideología fuerte huyeron
de allí hacia los pueblos libres y los que no, decidieron internarse más
profundamente en el Imperio para poder salir adelante.
Cuando murieron los padres de Marko, él se encargó de todo y durante unos
años fue todo lo que hizo. Hasta que un día Odic Osmond, un antiguo guerrero
del Reino convertido ahora sin quererlo en gobernante de Springcrest, le
ofreció un trabajo nuevo. Al principio Marko quiso negarse pero de una forma
pensó que ese trabajo nuevo le convertiría en lo más parecido a un héroe. Lo
que Odic le propuso fue ser el cochero dejando entrar y salir ilegalmente a
gente. Pensó que quizá se buscaría un problema con el Imperio pero Odic le
convenció cuando le dijo que realmente hacía décadas que nadie del norte de
Aranea pasaba por allí y que si algo ocurría él se haría responsable. Así que
aceptó y durante unos meses fue a lo que se dedicó lo que hizo, de alguna
forma, que Springcrest se reavivara.
Y ahora estaba allí, en un arbusto escondido, con las manos en la cabeza
y temblando. Desde que había empezado ese trabajo siempre había fingido ser
duro para que nadie se le echara encima, pero realmente nunca se había
encontrado en una situación de peligro real. Pensó que estaba siendo el mayor
cobarde de la historia y que probablemente todos los viajeros ya habrían pasado
a mejor vida. Y todo por su culpa. ¿Qué pensaría Odic? Ya podía imaginarse como
el resto del pueblo lo miraría con desdén, como siempre habían hecho.
No, esta vez no. Marko gruñó, se levantó aún con las piernas temblorosas
y decidido volvió al camino. La adrenalina recorría su cuerpo y en aquel
momento sintió que podría matar a cualquier ser que se le pusiera por delante.
Pisó con fuerza, apretó los puños y... todos los goblins ya estaban muertos.
Frente a él, seis de los viajeros que hace unos minutos llevaba en el carro
estaban ahí, completamente serenos y tranquilos, limpiando sus armas o buscando
algo de valor entre los ropajes de los cadáveres.
-Oh. Lo habéis logrado. Los habéis matado...-dijo Marko, ahora mucho más
tranquilo.-Gracias.
El semielfo miró al resto mientras guardaba su espada, esperando que
alguno de ellos comenzara a hablar, pero viendo que nadie se animaba:
-No es nada. Era lo que había que hacer.-dijo sereno.
-No pude salvar a los caballos, lo siento.-habló de repente la gnoma,
apenada.
Marko se disponía a hablar pero de entre los arbustos aparecieron los
demás viajeros, que viendo que todo había terminado, habían vuelto con el
resto. El cochero comprobó rápidamente que todos estaban bien y se dirigó a la
gnoma:
-No te preocupes. Es una pérdida pero habéis conseguido salvar a los
demás. Eso os honra.
-Supongo que ahora tocará andar...-dijo el elfo arquero, algo desganado.
-¿Queda mucho camino?-preguntó el semielfo a Marko.-Soy Nímero, por
cierto.-dijo estrechándole la mano.
-No demasiado, quizá a un par de horas caminando. Si salimos ya
llegaremos antes del anochecer...
-¡Yo soy Azariel!-dijo la tritón interponiéndose entre los dos e
interrumpiendo, siempre sonriente.
Nímero el semielfo la miró con interés, ya que pocos podrían
sorprenderle, y le hizo un gesto con la cabeza. Ambos miraron al resto de
aventureros, esperando que también se presentaran, pero o bien no prestaban
atención o no parecían aún dispuestos a darse a conocer. Al fin y al cabo,
estaban traspasando ilegalmente una frontera.
El incómodo silencio se vio interrumpido por un eructo y todos miraron al
tiefling, que se encogió de hombros y le restó importancia.
-Uhm... bueno. Vayamos, pues.-dijo Nímero, poniéndose en marcha,
siguiendo a Marko, el cochero.
Las casi dos horas de viaje se pasaron en casi completo silencio,
tratando de permancer vigilantes por si se aparecía otro ataque. Marko, sin
embargo, ahora había perdido todo atisbo de valentía y permaneció todo el viaje
apretando las nalgas, rezando a cualquier dios que pudiera estar escuchando
para que no volvieran a sufrir otro ataque.
Y entonces llegaron a Springcrest. La primera impresión para todos fue
decepcionante. La entrada estaba protegida por dos guardias vestidos con viejas
y oxidadas armaduras con los colores blanco y dorado del Imperio. Uno de ellos
se acercó al cochero para hablar y los seis aventureros pudieron oler ya desde
allí la fragrancia típica de aquella aldea: excremento.
-Ya podéis pasar.-dijo Marko, haciendo un gesto a los viajeros. Y tras
eso, se acercó a Nímero.- Odic querrá hablar con vuestro grupo, al fin y al
cabo habéis salvado la vida de esta gente.
-Grupo...-dijo Nímero incrédulo, fijándose en esa colección de extraños
seres e improvisados héroes que eran ellos seis.- En realidad no somos un
grupo. Simplemente hemos coincidido y quisimos ayudar.
-¡Da igual!-le contestó.-El caso es que nos habéis ayudado y querrá
agradecéroslo.
Todos entraron y pudieron, ahora sí, ver Springcrest en todo su
esplendor. Aquella aldea en realidad no era más que una calle ancha, rodeando
una pequeña bahía con unos muelles de madera podrida desde hace años. Y pese a
lo pequeña, maloliente y ridícula que era aquella aldea, al mismo tiempo
parecía estar mucho más animada que cualquier ciudad; y es que prácticamente
todo el pueblo se estaba dedicando a colocar cartelones y distintos tipos de
adornos en todas las edificaciones. El cochero señaló con el dedo al construcción
de madera donde estaría Odic y se adelantó.
-Una posada. Allí es donde voy a estar las próximas horas.-dijo el
tiefling, prácticamente ignorando el resto de la aldea.
-Ehm... voy contigo.-dijo el pequeño kenku, tratando de seguirlo con sus
pequeñas zancadas.
Azariel, la tritón, se quedó mirando a los adornos con ilusión.
-¡Uh! Hay una fiesta.-dijo y miró al semielfo.-Voy con ellos a la posada.
¿Hablarás con...-olvidó su nombre.
-Odic.-repitió Marko.
-Eso, Odic. ¿Hablarás tú con él? Y luego nos vemos en la posada y nos
cuentas qué te dijo.
-De acuerdo, eso haré.... Azariel, ¿verdad?
La monje sonrió y siguió a los otros dos a la posada. La gnoma miró al
elfo y al semielfo y sin mediar palabra, continuó con los demás.
-Yo iré contigo, Nímero.-dijo el arquero.-Mi nombre es Balagos. He visto
que se te da bien moverte entre las sombras. Yo... soy más de clavarle flechas
mientras les miro a la cara.-dijo con cierto recochineo.
-Sí, ya vi que no se te da mal.-halagó no muy sinceramente Nímero, ya que
no le había sentado muy bien el comentario del arquero.- Veamos qué quiere
decirnos.
-Sí. Veamos cuánto está dispuesto a pagarnos por lo que hemos hecho.-dijo
de forma chulesca Balagos.
Y así se dividió ese improvisado y no muy cohesionado grupo. Ninguno de
los integrantes parecía fiarse del todo de los demás, lo cual era una reacción
natural a los tiempos en los que vivían, pero en cierto modo quisieran
aceptarlo o no, todos percibieron lo bien que habían funcionado juntos en aquel
combate. Y aunque acostumbrados a buscarse las castañas en solitario, parte de
su interior les pedía permanecer juntos al menos una noche más.
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