miércoles, 24 de julio de 2019

2 - Springcrest


Marko nació una década después de terminar la guerra y vivió toda su vida en Springcrest. Hijo de ganaderos, aprendió el oficio de sus progenitores y no tenía mayor ambición que continuar con ello el resto de su vida. Siempre le pareció ver en el corazón de sus padres una tristeza enorme; intentaban no hablar demasiado de su pasado pero cuando su padre volvía de la posada, la lengua se le soltaba. Hablaba de lo bien que estaba cuando Springcrest formaba parte del Reino, que en aquel momento aquello era una ciudad importante, ya que estaba a las puertas del enemigo y los comandantes de las tropas tendían a reunirse allí como punto estrátegico. Pero todo aquello terminó tan pronto empezó la guerra.

Springcrest fue de las primeras ciudades en caer y ser invadidas por el Imperio. Y para el padre de Marko la peor parte había sido que les habían dejado entrar con la intención de recibir ayuda de ellos en la guerra contra los orcos. Cuando se quisieron dar cuenta, el alcalde de la ciudad había desaparecido y un representante de la emperatriz daba las órdenes allí. Y poco a poco Springcrest comenzó a morir y a quedar reducida a un pueblucho ridículo que olía constantemente a pescado y estiércol. Los de ideología fuerte huyeron de allí hacia los pueblos libres y los que no, decidieron internarse más profundamente en el Imperio para poder salir adelante.

Cuando murieron los padres de Marko, él se encargó de todo y durante unos años fue todo lo que hizo. Hasta que un día Odic Osmond, un antiguo guerrero del Reino convertido ahora sin quererlo en gobernante de Springcrest, le ofreció un trabajo nuevo. Al principio Marko quiso negarse pero de una forma pensó que ese trabajo nuevo le convertiría en lo más parecido a un héroe. Lo que Odic le propuso fue ser el cochero dejando entrar y salir ilegalmente a gente. Pensó que quizá se buscaría un problema con el Imperio pero Odic le convenció cuando le dijo que realmente hacía décadas que nadie del norte de Aranea pasaba por allí y que si algo ocurría él se haría responsable. Así que aceptó y durante unos meses fue a lo que se dedicó lo que hizo, de alguna forma, que Springcrest se reavivara.

Y ahora estaba allí, en un arbusto escondido, con las manos en la cabeza y temblando. Desde que había empezado ese trabajo siempre había fingido ser duro para que nadie se le echara encima, pero realmente nunca se había encontrado en una situación de peligro real. Pensó que estaba siendo el mayor cobarde de la historia y que probablemente todos los viajeros ya habrían pasado a mejor vida. Y todo por su culpa. ¿Qué pensaría Odic? Ya podía imaginarse como el resto del pueblo lo miraría con desdén, como siempre habían hecho.

No, esta vez no. Marko gruñó, se levantó aún con las piernas temblorosas y decidido volvió al camino. La adrenalina recorría su cuerpo y en aquel momento sintió que podría matar a cualquier ser que se le pusiera por delante. Pisó con fuerza, apretó los puños y... todos los goblins ya estaban muertos. Frente a él, seis de los viajeros que hace unos minutos llevaba en el carro estaban ahí, completamente serenos y tranquilos, limpiando sus armas o buscando algo de valor entre los ropajes de los cadáveres.

-Oh. Lo habéis logrado. Los habéis matado...-dijo Marko, ahora mucho más tranquilo.-Gracias.

El semielfo miró al resto mientras guardaba su espada, esperando que alguno de ellos comenzara a hablar, pero viendo que nadie se animaba:

-No es nada. Era lo que había que hacer.-dijo sereno.

-No pude salvar a los caballos, lo siento.-habló de repente la gnoma, apenada.

Marko se disponía a hablar pero de entre los arbustos aparecieron los demás viajeros, que viendo que todo había terminado, habían vuelto con el resto. El cochero comprobó rápidamente que todos estaban bien y se dirigó a la gnoma:

-No te preocupes. Es una pérdida pero habéis conseguido salvar a los demás. Eso os honra.

-Supongo que ahora tocará andar...-dijo el elfo arquero, algo desganado.

-¿Queda mucho camino?-preguntó el semielfo a Marko.-Soy Nímero, por cierto.-dijo estrechándole la mano.

-No demasiado, quizá a un par de horas caminando. Si salimos ya llegaremos antes del anochecer...

-¡Yo soy Azariel!-dijo la tritón interponiéndose entre los dos e interrumpiendo, siempre sonriente.

Nímero el semielfo la miró con interés, ya que pocos podrían sorprenderle, y le hizo un gesto con la cabeza. Ambos miraron al resto de aventureros, esperando que también se presentaran, pero o bien no prestaban atención o no parecían aún dispuestos a darse a conocer. Al fin y al cabo, estaban traspasando ilegalmente una frontera.

El incómodo silencio se vio interrumpido por un eructo y todos miraron al tiefling, que se encogió de hombros y le restó importancia.

-Uhm... bueno. Vayamos, pues.-dijo Nímero, poniéndose en marcha, siguiendo a Marko, el cochero. 

Las casi dos horas de viaje se pasaron en casi completo silencio, tratando de permancer vigilantes por si se aparecía otro ataque. Marko, sin embargo, ahora había perdido todo atisbo de valentía y permaneció todo el viaje apretando las nalgas, rezando a cualquier dios que pudiera estar escuchando para que no volvieran a sufrir otro ataque.

Y entonces llegaron a Springcrest. La primera impresión para todos fue decepcionante. La entrada estaba protegida por dos guardias vestidos con viejas y oxidadas armaduras con los colores blanco y dorado del Imperio. Uno de ellos se acercó al cochero para hablar y los seis aventureros pudieron oler ya desde allí la fragrancia típica de aquella aldea: excremento.

-Ya podéis pasar.-dijo Marko, haciendo un gesto a los viajeros. Y tras eso, se acercó a Nímero.- Odic querrá hablar con vuestro grupo, al fin y al cabo habéis salvado la vida de esta gente.
-Grupo...-dijo Nímero incrédulo, fijándose en esa colección de extraños seres e improvisados héroes que eran ellos seis.- En realidad no somos un grupo. Simplemente hemos coincidido y quisimos ayudar.

-¡Da igual!-le contestó.-El caso es que nos habéis ayudado y querrá agradecéroslo.

Todos entraron y pudieron, ahora sí, ver Springcrest en todo su esplendor. Aquella aldea en realidad no era más que una calle ancha, rodeando una pequeña bahía con unos muelles de madera podrida desde hace años. Y pese a lo pequeña, maloliente y ridícula que era aquella aldea, al mismo tiempo parecía estar mucho más animada que cualquier ciudad; y es que prácticamente todo el pueblo se estaba dedicando a colocar cartelones y distintos tipos de adornos en todas las edificaciones. El cochero señaló con el dedo al construcción de madera donde estaría Odic y se adelantó.

-Una posada. Allí es donde voy a estar las próximas horas.-dijo el tiefling, prácticamente ignorando el resto de la aldea.

-Ehm... voy contigo.-dijo el pequeño kenku, tratando de seguirlo con sus pequeñas zancadas.
Azariel, la tritón, se quedó mirando a los adornos con ilusión.

-¡Uh! Hay una fiesta.-dijo y miró al semielfo.-Voy con ellos a la posada. ¿Hablarás con...-olvidó su nombre.

-Odic.-repitió Marko.

-Eso, Odic. ¿Hablarás tú con él? Y luego nos vemos en la posada y nos cuentas qué te dijo.

-De acuerdo, eso haré.... Azariel, ¿verdad?

La monje sonrió y siguió a los otros dos a la posada. La gnoma miró al elfo y al semielfo y sin mediar palabra, continuó con los demás.

-Yo iré contigo, Nímero.-dijo el arquero.-Mi nombre es Balagos. He visto que se te da bien moverte entre las sombras. Yo... soy más de clavarle flechas mientras les miro a la cara.-dijo con cierto recochineo.

-Sí, ya vi que no se te da mal.-halagó no muy sinceramente Nímero, ya que no le había sentado muy bien el comentario del arquero.- Veamos qué quiere decirnos.

-Sí. Veamos cuánto está dispuesto a pagarnos por lo que hemos hecho.-dijo de forma chulesca Balagos.

Y así se dividió ese improvisado y no muy cohesionado grupo. Ninguno de los integrantes parecía fiarse del todo de los demás, lo cual era una reacción natural a los tiempos en los que vivían, pero en cierto modo quisieran aceptarlo o no, todos percibieron lo bien que habían funcionado juntos en aquel combate. Y aunque acostumbrados a buscarse las castañas en solitario, parte de su interior les pedía permanecer juntos al menos una noche más.

Flashbacks - Eris

Eris miró el cuchillo ensangrentado de sus manos. Miró a su padre, arrastrándose por el suelo de casa intentando llegar al frío cadáver ...