sábado, 21 de marzo de 2020

Flashbacks - Eris


Eris miró el cuchillo ensangrentado de sus manos. Miró a su padre, arrastrándose por el suelo de casa intentando llegar al frío cadáver de su esposa. Miró de nuevo el cuchillo, goteando y manchando su vestido. Volvió a mirar a su padre, que exhalaba su último suspiro y perdía el conocimiento por última vez.

Eris sonrió. Se rio. A carcajadas.

Un brazo conocido se posó sobre su hombro.

-Lo he hecho bien, ¿verdad? Lo he hecho bien, ¿verdad que sí? - le dijo al levitante ser que se encontraba a su espalda.

-Toma, Eris. Ahora esto es tuyo.- y le entregó una extraña varita, decorada de forma tan aleatoria y extravagante como si de un sueño febril se tratase.

Ella la usó inmediatamente. Estiró su brazo y la magia pasó a través de todo su cuerpo hasta que salió por la punta de la varita. Una pequeña esfera de luz salió de ella y poco a poco fue tomando la forma de un animal, la de un caballo con un gran cuerno entre los ojos.

-¡Oh! ¡Un unicornio! ¡Me encanta! ¡Gracias Viajero!

La figura de la camisa de fuerza y máscara eternamente sonriente rio bajo la cerámica blanca.

-Tienes talento, niña. Tienes en tu interior el mismísimo Caos, la forma más pura y bella de magia. Úsala.

Después de aquella conversación, pasarían al menos un par de décadas hasta que Eris volvió a saber del Viajero. Ya desde niña sabía que aquel ser era un dios, uno oscuro y atrapado. Pero a Eris eso le daba igual. Ella sólo quería divertirse y durante esos años fue exactamente lo que hizo. Mató, jugó, incluso utilizó el Caos aunque ello supusiera poner en peligro la vida de miles o la suya propia. Fue así como encontró la guarida del hijo del Viajero, Xanathar. Fue así como encontró aquella fantástica baraja. Fue así como encontró la Puerta al otro continente. Eran cosas que para muchos serían importantes pero para ella tan sólo implicaba divertirse, encontrarse artefactos que para ella funcionaban como un juguete en un mundo aburrido y lleno de gente que vivía obsesionada con la muerte, el poder, la libertad o la guerra.

Para Eris, ellos eran los locos. Locos que se empeñaban en llamarla loca a ella.

Y entonces fue cuando conoció a Evelyn Enoch, la famosa emperatriz del poderoso Imperio. Los temas políticos era algo que Eris aborrecía, pero Evelyn le prometió algo que Eris no podía rechazar. Y fue lo que hizo, aceptar su oferta. Y la emperatriz la hizo Inquisidora sin tan siquiera probar su poder.

Pasaron unos cuantos meses aburridos para Eris. Tan aburridos que durante aquellos meses conservó el mismo aspecto que tenía cuando conoció a la emperatriz: pelo rosa chicle en dos enormes y voluptuosas coletas que le llegaban a los muslos, ojos a juego, un vestido negro acompañado de una camisa blanca y un enorme hacha en su cintura.

A Eris no le gustaba permanecer mucho tiempo con el mismo aspecto. Se sentía aprisionada si debía hacerlo y le aborrecía, de manera que cambiaba todo lo que podía. Pero cuando Evelyn la hizo Inquisidora estaba tan concentrada en la promesa que le había hecho que ni siquiera le dio importancia a su propio aspecto.

Y entonces llegó ese día.

Eris observaba desde los restos de la Torre Blanca de Cranea como los soldados reconstruían la ciudad. Reía al ver como aquella ciudad que decía ser indestructible había sido lastimada en el mismísimo centro por una panda de donnadies, destrozando una enorme cantidad de edificios y hasta llevándose el legendario Orbe Azul. No podía evitar llorar de la risa al ver como los gemelos casi morían al tratar de capturar y encadenar con sus wyverns al enorme dragón Hanaru. Mientras reía, por un segundo, lo sintió. Al Viajero. Sabía que no estaba allí pero, lo sintió.

Unos días más tarde la emperatriz llegó y reunió a todos los Inquisidores para darles las nuevas órdenes. Eris decidió no sólo no escuchar, sino que dejó la reunión a medias. Echaba de menos a Nímero, era una compañía agradable y sentía que en el fondo la entendía mejor que nadie. Que fuera un traidor para el Imperio era lo de menos. Para Eris la única fidelidad que existía era hacia uno mismo. Todo lo demás era supervivencia, permanecer bajo alguien para seguir viviendo.

Más tarde, en su habitación y a solas, Evelyn se dirigió a ella directamente.

-Lo tienen, Eris.

-¿Lo tienen?-dijo Eris sorprendida. Hacía demasiado tiempo que nadie era capaz de sorprenderla. Pero por algo la Inquisidora había decidido trabajar para la emperatriz.

-Sí. No sé cómo Xanathar lo ha hecho, pero lo tienen.

Eris chasqueó los dedos y creó frente a ellas una imagen de los intrusos, de todos y cada uno de ellos.

-¿Quién? - preguntó la pelirrosa con una sonrisa de oreja a oreja.

Evelyn señaló a la tritón.

-Su nombre es Azariel.

-Oh, fantástico.-dijo emocionada Eris, aplaudiendo con los manos muy juntas. - Saldré inmediatamente.

-Eris, espera. Recuerda que aún me debes tu parte.-dijo la emperatriz muy seria.

-Sí, lo sé. Cumplo mis promesas... la mayor parte de tiempo-dijo riendo.

-Y ten cuidado. Xanathar quizá se lo ha dado pero estoy segura de que les ha dado otra cosa que podrá defenderlos también. Ya sabes que Xanathar no juega para ningún bando, tan sólo quiere manipularnos a todos y contemplarnos como si fuéramos un juego.

- Oh, por supuesto, Ivy. Si no, no sería divertido.

lunes, 16 de marzo de 2020

Flashbacks - El Cercenador


Grumthorg Sierracráneos miró desde su torre a uno de sus batallones volviendo al campamento. Parecían retirarse. Volvían asustados, como inútiles ratas - pensó al verlos. Grumthorg jamás haría eso. Una batalla perdida era una batalla en la que no sobrevivía al combate.

La sombra encapuchada se le apareció nuevamente por detrás y Grumthorg ya sentía de nuevo ese taladrante dolor de cabeza.

-Te avisé.-le dijo desde atrás con esa voz susurrante que el orco tanto odiaba.

-Cállate ya, lagarto.-gruñó el Sierracráneos.-O usaré tu dura piel como armadura.

La sombra sonrió bajo la capucha y permaneció en silencio. El orco de más rango del batallón que se retiraba subió cojeando por las escaleras hasta llegar junto a Grumthorg.

-Señor Grumthorg, señor, nos pillaron desprevenidos. No era el ejército humano que esperábamos. Nos atacaron por la retaguardia.-dijo con la voz entrecortada, aún agarrándose con las manos las profundas heridas.

-¿Y Thoruktan? ¿Qué ha ocurrido con él?-preguntó serio.

-Se quedó atrás. Ordenó nuestra retirada y se quedó atrás para que ganáramos tiempo.

-Retirada... ¿eh? Así que Thoruktan es la razón de que un batallón de orcos haya vuelto convertido en alimento para nuestras monturas...-dijo mientras observaba su dentada espada.

-Alimento... pero, ¡señor!

Pero su gritó quedó ahogado. Grumthorg lo interrumpió clavando su enorme espadón en el centro de su cabeza. Aquel soldado intentaba llegar a la espada con las manos pero ya no le respondían. Intentaba suplicar pero su garganta estaba inundada de sangre. Poco a poco, lenta y dolorosamente Grumthorg fue serrando con su espada la cabeza de aquel cobarde.

-¡Desmembrad a todos los cobardes y dádselos de comer a nuestros jabalíes!-ordenó con gruñidos desde la torre.-Ahora mismo es todo para lo que valen.

Abajo, los orcos que se habían retirado gritaban o suplicaban. Algunos trataban de luchar pese a lo malheridos que estaban, intentando conservar el poco honor que les quedaba.


-Te dije que Thoruktan no estaba a la altura.-insistió la sombra encapuchada.

-Pero es un Sangrenegra. Los Sangrenegra han probado su valor desde tiempos inmemoriales. Su padre fue mi maestro. Tenía que darle una oportunidad. Pero créeme que no volveré a cometer ese mismo error.

-El fin de la guerra se acerca, Grumthorg. Pronto acabará todo. Y se cumplirá todo lo prometido si cumples el papel que se te ha dado. 

-¿Y luego me dejarás en paz, Kovar?-respondió malhumorado.

-Sí. Y Drakandria será toda tuya.



En el campamento ahora sólo se oía el crujir del metal al ser forjado. Los quejidos de los cobardes ahogados por los mordiscos de los enormes jabalíes. Los gritos de guerra de los líderes de batallón preparándose para atacar. Grumthorg lo sentía. La victoria estaba cerca. Desde que era un niño sabía que tenía en él el destino de la victoria orca. La era del elfo y el humano llegaba a su fin.

Unos días después llegó al campamento Thoruktan. Grumthorg no se alegró de verlo y sabía que como líder tenía que castigarlo de alguna forma. Pero aquel orco era un Sangrenegra y como tal sabía que perdería seguidores si tan sólo lo mataba a sangre fría. Debía retarlo en combate, matarlo en igualdad de condiciones, demostrar que era superior a él. Así que esperó a que se recuperase y sus heridas se cerrasen. 

Thoruktan le habló sobre la batalla. Le dijo como el Imperio de Aranea se había aliado con los Pueblos Libres y como se estaban organizado para contraatacar. "Debemos negociar una tregua o nos arrasarán" le insistía, algo que a Grumthorg le hacía hervir la sangre, ya que para él era imposible visualizar la derrota. Sabía que Thoruktan se había reunido con líderes de Aranea, de Volantia, con elfos y hasta con aquel firbolg que Kovar le había advertido que escondía un enorme poder.

-¿Dónde está ella? - preguntó Sierracráneos.

-Ella...-dijo Thoruktan con ojos tristes.-se quedó atrás a luchar. Murió con honor en combate hasta el último aliento.

-Así que él...

-No sobrevivió.-mintió Thoruktan.-Hice lo que pude por salvarlo pero fracasé.

Grumthorg no sintió pena.

Thoruktan era popular entre los orcos por sus dotes de liderazgo pero para Grumthorg tenía una mentalidad débil. Decía ser defensor de los orcos pero al mismo tiempo veía al resto de razas como seres iguales. Y eso causaba en Sierracráneos una enorme ira. No podía permitir que siguiera viviendo si querían llegar a la victoria, así que sin dudarlo lo retó a un duelo mortal por el liderazgo, algo que sabía que no podría negarse. Thoruktan Sangrenegra aceptó.

Al día siguiente, a pocos minutos de celebrarse el duelo y mientras Grumthorg preparaba su armadura, volvió a aparecerse Kovar, la sombra encapuchada.

-Pensé que no volvería a verte. Estás sobreestimando mi paciencia.-le dijo apretando los puños.

-Tengo un regalo para ti.

El gesto de Grumthorg cambió. Odiaba a ese dracónido con toda su alma pero había sido tremendamente útil. Sus consejos y sus avisos siempre habían sido honestos y gracias a ellos había luchado con ventaja en las batallas. Desconocía por qué le estaba ayudando y qué estaría ganando ese ser a cambio, pero con cada promesa y regalo, Grumthorg se hacía más poderoso y como buen Sierracráneos, era lo único que importaba.

-¿De qué se trata?-dijo interesado.

La túnica del dracónido se abrió y de la oscuridad que la cubría surgió un enorme hacha doble, marcada con runas antiguas que parecían sangrar.

-Es la Cercenadora. El hacha que forjó el mismísimo Orcus, hijo de dioses, príncipe demonio de la muerte. Te otorgará un enorme poder y te llevará a la verdadera grandeza. No sólo serás el mayor líder orco que ha existido nunca, sino que serás el abanderado de muerte del gran Orcus. Todo el continente te temerá, Grumthorg.

Al orco se le iluminaron los ojos ante tal visión. Sin pensarlo, agarró el hacha con fuerza y en unos segundos pudo notar como el poder fluía a través de su carne, sus músculos, sus huesos, sus venas.

Tras eso, el dracónido le mostró una esfera verde decorada con dos dragones rodeándola. Grumthorg sólo pudo verla durante unos segundos pero inmediatamente sintió el enorme y puro poder que salía de ella.

-Vence y el orbe será tuyo, Grumthorg el Cercenador.

El duelo comenzó. Grumthorg observó que Thoruktan ya no llevaba consigo su martillo mágico. Se preguntó si lo habría perdido en combate o se lo habrían robado, pero pronto dejó de importarle. El combate había empezado y Grumthorg se sentía más rápido y fuerte que nunca. Podía prever los ataques del Sangrenegra y bloquearlos con extrema facilidad. Atacó una y otra vez con su enorme hacha rompiendo poco a poco la armadura de su enemigo.

Thoruktan, viendo la agresividad de su oponente, aprovechó un hueco en su ataque para clavarle la espada en el vientre, entre dos placas de la armadura. Grumthorg no sintió dolor, así que agarró el brazo del Sangrenegra y empujó la espada más profundamente. Y con un rápido movimiento, bajó el hacha y cercenó el brazo de Thoruktan.

La sangre salía a borbotones, salpicando el cuerpo de Grumthorg. Este levantó el hacha, cuyas runas brillaban con un fuerte y potente color carmesí. Todos los orcos al ver el espectáculo gritaron y canturrearon himnos de batalla. Comenzaron a corear el nombre de Grumthorg.

-¡GRUMTHORG EL CERCENADOR! ¡GRUMTHORG EL CERCENADOR! ¡GRUMTHORG EL CERCENADOR!

La piel de Grumthorg empezó a absorber la sangre que lo cubría y empezó a cambiar de color, a un tono anaranjado.

-Tú... Grumthorg... ¿qué eres?-dijo entrecortadamente Thoruktan mientras la vida le abandonaba.

-Que ¿qué soy? SOY LA IRA DE ORCUS. SOY LA SANGRE. SOY LA VICTORIA.

 Y con un rápido movimiento decapitó a Thoruktan con su hacha. 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

4 - Skaven


-¿Te casarías conmigo? - le dijo, amagando con su pierna, casi apoyando su rodilla en el suelo.

-Pero... Odic. ¿Qué dices? ¿Estás bromeando? - le contestó Alannah, riendo.-Anda, levanta, que va a acabar por abrirse tu herida.-le dijo mientras mezclaba en un cuenco unos ungüentos curativos.

-Hablo en serio, Ali.-insistió él.-Sé que quizá no es el lugar más romántico del mundo pero...-continuó, mientras ambos observaban el lugar donde se encontraban.

A su alrededor se extendía un pequeño campamento improvisado. Varios soldados permanecían en camillas, malheridos, atendidos por curanderos y clérigos que usaban su magia divina para cerrar rápidamente sus heridas y volver al combate. A pocos kilómetros de allí se estaba produciendo una batalla.

Odic pertenecía a un pequeño escuadrón que hasta ese momento había tenido un éxito moderado. Allí fue donde la conoció a ella, Alannah. Ella se unió al ejército tan pronto supo que comenzaba la guerra y, como clériga, era inmensamente versátil. En la última escaramuza en la que habían participado casi todo su escuadrón había caído. Tuvieron que retirarse en el último momento y todos los que pudieron escapar lo hicieron gracias a la magia divina de la clériga, que dio todo de sí para mantenerlos con vida. Todos los que llegaron al campamento a tiempo fueron atendidos pero ella no pudo hacer más que usar sus conocimientos de medicina para ayudar en sus heridas, ya que el cansancio era tal que no era capaz de acceder a su magia.

Tanto Odic como Alannah desde el principio tuvieron una química especial. A los pocos días de conocerse ya eran íntimos amigos y en el combate se compenetraban como si lo hubieran hecho juntos toda la vida. Habían tonteado y jugado todo lo que podían en aquella hostil situación, pero ambos sabían que eso podría acabarse en cualquier momento si uno de sus enemigos le superaba en habilidad en combate.

Por ello, Alannah reaccionó ante la petición de matrimonio como una broma más de aquel caballero del sur. Miró a la joya que él le ofrecía y comprobó que era uno de los anillos que él llevaba siempre puesto. Supo por historias que él contaba que aquella joya era algo que había formado parte de su familia desde siempre, así que sabía el valor que tenía para él y ofrecérselo a ella era una muestra de no estar bromeando. 

Ella sonrió, dejó caer una tímida lágrima y acarició su mejilla.

-Es el sitio perfecto, Odic. Sí, claro que sí. Me casaré contigo.



Odic despertó de golpe por los gritos. Se había quedado dormido en su escritorio. Su cara estaba húmeda y vio una botella de vino tirada en el suelo. Se levantó tan rápido como su cojera le permitió y corrió al exterior. Allí estaban. Los skaven. Maldijo por lo bajo y desenvainó su espada mientras cojeaba hacia la parte exterior de la posada, donde se encontraban aquellas extrañas criaturas.

Un haz de energía oscura salió disparado de la mano del brujo tiefling y golpeó de lleno a aquel hombre rata, que retrocedió unos pasos agarrándose la herida. Otro de los monstruos avanzó para golpearlo pero Azariel se interpuso en el camino y con un rápido movimiento con su tridente, bloqueó el golpe de la cimitarra. Desde los balcones silbó una flecha y se clavó en el cuello de la tercera abominación. Nímero asintió con la cabeza felicitando a Balagos por el ataque mientras esperaba, preparándose para saltar en cualquier momento.

El grupo había conseguido que los skaven centrasen sus ataques en ellos, dando la posibilidad de que los civiles huyeran o se escondieran dentro de la posada, donde habían hecho en pocos minutos una pequeña barricada con las mesas. Nyx, desde el interior, no quitaba ojo de lo que ocurría fuera mientras atendía a los refugiados.

Unfe se asomó desde detrás de una mesa. El combate se estaba produciendo en el exterior. Vio a través de las ventanas como Azariel se movía con mucha rapidez y golpeaba repetidamente a una de las criaturas, vio a Ulver utilizar su oscura magia en otro de los skaven, que gruñó de dolor. Con un rápido vistazo, comprobó que Nyx estaba ocupada con el resto de personas que estaban en la posada, así que sin pensarlo demasiado corrió hacia la barra y saltó al otro lado. El pequeño kenku observó por encima de la barra, procurando que nadie le viera, mientras avanzaba a su objetivo. Oyó como uno de los skaven caía al suelo con un pegajoso y asqueroso sonido y en ese momento llegó a su objetivo: la caja del dinero de la posada.

Dicha caja estaba guardada en uno de los estantes inferiores de la barra. No estaba muy escondida ni era muy segura ya que en aquel pequeño pueblo se conocían entre todos y nunca ocurría nada como un robo. Hasta ese día. 

Unfe, sin miramientos, cogió a puñados todas y cada una de las monedas que había en la caja y se las guardó en su bolsa. Cuando salió de su escondite y volvió a donde estaba, pudo ver como el resto del grupo terminaba el combate contra aquellas criaturas rata.

Nímero, que durante el combate había saltado desde el balcón, se agachó al lado de uno de los cuerpos de skaven para comprobar que si habían muerto. Odic llegó a junto ellos, aún con espada en mano y por unos segundos se sintió avergonzado, ya que ni siquiera había podido ayudar. Envainó su espada y se acercó a los aventureros.

-Gracias. Otra vez. De verdad que no sé como agradecéroslo. Ya es la segunda vez que hacéis algo por este pueblo.

Mientras hablaban, la posadera volvió al interior de su negocio y comenzó a ordenarlo todo de nuevo. Nyx y Unfe le ayudaron.

-¿Esto tiene algo que ver con lo que nos dijiste de Greywood?-preguntó Balagos, recogiendo las flechas que había lanzado y comprobando si aún estaban en buen estado o no.

Sí...-dijo Odic, todavía avergonzado.-A esto me refería con lo de la misión.

-¿Qué son? Parecían algo... humanas...-dijo Ulver serio y desconfiado.

-Son skaven.-respondió Odic.-Criaturas a medio camino entre rata y humano. Y cada vez parece haber más. Si os parece, vayamos adentro y os lo explico todo.

El grupo entró en la posada mientras algunos de los guerreros de la ciudad se llevaban los cadáveres de los skaven. Odic fue a una de las mesas, ayudando a levantar las sillas que aún permanecían en el suelo y el resto se sentaron con él. En tan solo unos pocos minutos, todo parecía estar volviendo a la normalidad. Nyx se sentó con ellos mientras Unfe fue directo a hablar con Dorna.

-Sobre el trato que hicimos antes...-empezó el kenku.

Unfe, antes de haber comenzado su actuación, había hecho un trato con ella. Si con su relato conseguía animar y traer a más gente al local, él se llevaría un porcentaje de los beneficios. Dorna no parecía confiar demasiado en la habilidad del ave, pero si conseguía llenar el local, estaría dispuesta a hacerlo.

-Sí, es verdad. Lo siento.-dijo Dorna tras la barra después de revisar entre sus estantes. - Tengo que pedirte disculpas. Parece ser que durante el ataque alguien ha aprovechado y ha saqueado mi caja. Ahora mismo no tengo nada con qué pagarte.-continuó, entristecida.

Revisó entre sus ropajes y comprobó que tenía algunas monedas.

-Toma. Esto es todo lo que puedo darte por ahora, pero prometo pagar mi deuda en cuanto pueda, al fin y al cabo, cumpliste tu parte del trato.-dijo más animada.

El kenku cogió las monedas sin dudarlo y sonrió. Tras ello, volvió con los demás, que parecían estar hablando de algo importante.

-Solíamos tener tratos con Greywood. Distintos mercaderes se movían constantemente entre ambas ciudades, intercambiando recursos  e información. Siempre hemos tenido muy buena relación con esa ciudad pero un día dejaron de llegar mercaderes. Al principio no le dimos importancia pero comenzaron a pasar semanas sin saber nada de la ciudad. Mandé guerreros para que comprobasen que había ocurrido pero nunca volvieron. Tras varias expediciones comprobamos que los alrededores estaban llenos de estos skaven.

-¿Y dentro de Greywood? - preguntó Azariel.

-Nunca pudimos entrar. Durante la noche hordas de estas criaturas cubren la zona y durante el día parecen desaparecer, pero llegamos a verlos dentro de la ciudad desde las colinas. Siempre nos han superado en número y en fuerza. Poco a poco hemos conseguido bajar sus números pero acabarían con nosotros antes que nosotros con ellos.

-¿Habéis pedido ayuda al Imperio?-preguntó Balagos.

-¿Al Imperio? Ja.-rió con sarcasmo el alguacil.-Para ellos no existimos. Es esa la razón por la que podemos introducir ilegalmente a personas en territorio imperial.
 
Nyx pudo comprobar cómo durante toda la conversación, Odic había estado acariciando y jugando con uno de sus anillos.

-Pero hay algo más... ¿verdad?-preguntó inquisitivamente.

Odic levantó una de sus comisuras mientras aguantaba las lágirmas.

-Sí. Alannah, mi esposa. Trabajaba en uno de los templos de la ciudad de Greywood, con Morbus, el sacerdote. Acostumbraba a pasar algunos días allí y volver pero desde que aparecieron los skaven... no he vuelto a saber de ella.

-¿Y dices que esto ocurrió hace semanas? -preguntó Nímero. -Sabes que quizá...

-Sí, lo sé. Lo más probable es que esté muerta pero algo en mi interior me dice que aún sigue con vida. Si pudiérais... ya sé que es mucho pedir, pero...

El grupo se miró. Parecía demasiado peligroso y no tenía nada que ver con ellos. Además que en ese momento volvieron a recordar que no eran un grupo, sino que una coincidencia los había juntado.

-Dejaré que lo penséis. Si decidís algo, por favor, hacédmelo saber. Gracias otra vez.-dijo Odic mientras se marchaba y con la mano se despidía de Dorna.

-A mí me interesa ir.-dijo Ulver decidido.- Estas criaturas sólo pueden venir de algún tipo de magia maligna y quiero descubrir qué es.

El resto le miró. Parecía serio por primera vez desde que lo vieron y era algo que les ayudaba a tomar su decisión.

-¿Qué decís, entonces? ¿Vamos?-preguntó Nímero.-Siempre podemos acercarnos y si es demasiado peligroso, nos marchamos. No estamos comprometidos a nada.-continuó.

-Yo voy. Me gustaría descubrir si su esposa está viva al menos para que el pueda dormir tranquilo.-dijo Azariel.

Durante los próximos minutos hablaron sobre el tema. De una forma u otra todos estaban interesados en ir, ya fuera por satisfacer la curiosidad, por la posibilidad de un generoso pago o por entrar en combate de nuevo. Tras discutirlo y decidirlo, todos fueron a descansar y, una vez almorzaron, informaron a Odic de que saldrían inmediatamente a investigarlo. Odic les informó que la ciudad estaba a dos días de camino en carro y que les recomendaba llegar durante el día para que fuera más seguro. Les proporcionó dicho carro, les pagó parte de la recompensa y les agradeció la ayuda de nuevo.

Nímero tomó las riendas del vehículo mientras el resto se acomodaba en la parte trasera del carro. Nyx tomó un par de piezas de fruta de su bolsa y se las ofreció a los dos caballos. Usó su habilidad nata de hablar con los animales y les preguntó si sabían dónde se encontraba la ciudad. Ellos agradecieron el regalo de la fruta y se ofrecieron a llevarlos hasta allí. El semielfo, Nímero, se disponía a comenzar el camino cuando vio como los caballos comenzaban a caminar sin que nadie se lo hubiese ordenado. Confuso, miró a Nyx que se sentó a su lado.

-Les he preguntado si por favor podían llevarnos a Greywood y han dicho que sí.-dijo con toda naturalidad.

Nímero sonrió y se lo agradeció.

El grupo de aventureros dejó Springcrest atrás y se adentró en los bosques al norte con destino a Greywood.

Flashbacks - Eris

Eris miró el cuchillo ensangrentado de sus manos. Miró a su padre, arrastrándose por el suelo de casa intentando llegar al frío cadáver ...