-¿Te casarías conmigo? - le dijo, amagando con su pierna, casi apoyando
su rodilla en el suelo.
-Pero... Odic. ¿Qué dices? ¿Estás bromeando? - le contestó Alannah,
riendo.-Anda, levanta, que va a acabar por abrirse tu herida.-le dijo mientras
mezclaba en un cuenco unos ungüentos curativos.
-Hablo en serio, Ali.-insistió él.-Sé que quizá no es el lugar más
romántico del mundo pero...-continuó, mientras ambos observaban el lugar donde
se encontraban.
A su alrededor se extendía un pequeño campamento improvisado. Varios soldados permanecían en camillas, malheridos, atendidos por
curanderos y clérigos que usaban su magia divina para cerrar rápidamente sus
heridas y volver al combate. A pocos kilómetros de allí se estaba produciendo
una batalla.
Odic pertenecía a un pequeño escuadrón que hasta ese momento había
tenido un éxito moderado. Allí fue donde la conoció a ella, Alannah. Ella se
unió al ejército tan pronto supo que comenzaba la guerra y, como clériga, era
inmensamente versátil. En la última escaramuza en la que habían participado
casi todo su escuadrón había caído. Tuvieron que retirarse en el último momento
y todos los que pudieron escapar lo hicieron gracias a la magia divina de la
clériga, que dio todo de sí para mantenerlos con vida. Todos los que llegaron
al campamento a tiempo fueron atendidos pero ella no pudo hacer más que usar
sus conocimientos de medicina para ayudar en sus heridas, ya que el cansancio
era tal que no era capaz de acceder a su magia.
Tanto Odic como Alannah desde el principio tuvieron una química
especial. A los pocos días de conocerse ya eran íntimos amigos y en el combate
se compenetraban como si lo hubieran hecho juntos toda la vida. Habían
tonteado y jugado todo lo que podían en aquella hostil situación, pero ambos
sabían que eso podría acabarse en cualquier momento si uno de sus enemigos le
superaba en habilidad en combate.
Por ello, Alannah reaccionó ante la petición de matrimonio como una
broma más de aquel caballero del sur. Miró a la joya que él le ofrecía y
comprobó que era uno de los anillos que él llevaba siempre puesto. Supo por
historias que él contaba que aquella joya era algo que había formado parte de
su familia desde siempre, así que sabía el valor que tenía para él y ofrecérselo
a ella era una muestra de no estar bromeando.
Ella sonrió, dejó caer una tímida lágrima y acarició su mejilla.
-Es el sitio perfecto, Odic. Sí, claro que sí. Me casaré contigo.
Odic despertó de golpe por los gritos. Se había quedado dormido en su
escritorio. Su cara estaba húmeda y vio una botella de vino tirada en el suelo.
Se levantó tan rápido como su cojera le permitió y corrió al exterior. Allí
estaban. Los skaven. Maldijo por lo bajo y desenvainó su espada mientras
cojeaba hacia la parte exterior de la posada, donde se encontraban aquellas
extrañas criaturas.
Un haz de energía oscura salió disparado de la mano del brujo tiefling
y golpeó de lleno a aquel hombre rata, que retrocedió unos pasos agarrándose la
herida. Otro de los monstruos avanzó para golpearlo pero Azariel se interpuso
en el camino y con un rápido movimiento con su tridente, bloqueó el golpe de la
cimitarra. Desde los balcones silbó una flecha y se clavó en el cuello de la
tercera abominación. Nímero asintió con la cabeza felicitando a Balagos por el
ataque mientras esperaba, preparándose para saltar en cualquier momento.
El grupo había conseguido que los skaven centrasen sus ataques en
ellos, dando la posibilidad de que los civiles huyeran o se escondieran dentro
de la posada, donde habían hecho en pocos minutos una pequeña barricada con las
mesas. Nyx, desde el interior, no quitaba ojo de lo que ocurría fuera mientras
atendía a los refugiados.
Unfe se asomó desde detrás de una mesa. El combate se estaba produciendo
en el exterior. Vio a través de las ventanas como Azariel se movía con mucha
rapidez y golpeaba repetidamente a una de las criaturas, vio a Ulver utilizar su
oscura magia en otro de los skaven, que gruñó de dolor. Con un rápido vistazo,
comprobó que Nyx estaba ocupada con el resto de personas que estaban en la
posada, así que sin pensarlo demasiado corrió hacia la barra y saltó al otro
lado. El pequeño kenku observó por encima de la barra, procurando que nadie le
viera, mientras avanzaba a su objetivo. Oyó como uno de los skaven caía al
suelo con un pegajoso y asqueroso sonido y en ese momento llegó a su objetivo:
la caja del dinero de la posada.
Dicha caja estaba guardada en uno de los estantes inferiores de la
barra. No estaba muy escondida ni era muy segura ya que en aquel pequeño pueblo
se conocían entre todos y nunca ocurría nada como un robo. Hasta ese día.
Unfe,
sin miramientos, cogió a puñados todas y cada una de las monedas que había en
la caja y se las guardó en su bolsa. Cuando salió de su escondite y volvió a
donde estaba, pudo ver como el resto del grupo terminaba el combate contra
aquellas criaturas rata.
Nímero, que durante el combate había saltado desde el balcón, se agachó
al lado de uno de los cuerpos de skaven para comprobar que si habían muerto.
Odic llegó a junto ellos, aún con espada en mano y por unos segundos se
sintió avergonzado, ya que ni siquiera había podido ayudar. Envainó su espada y
se acercó a los aventureros.
-Gracias. Otra vez. De verdad que no sé como agradecéroslo. Ya es la
segunda vez que hacéis algo por este pueblo.
Mientras hablaban, la posadera volvió al interior de su negocio y
comenzó a ordenarlo todo de nuevo. Nyx y Unfe le ayudaron.
-¿Esto tiene algo que ver con lo que nos dijiste de Greywood?-preguntó
Balagos, recogiendo las flechas que había lanzado y comprobando si aún estaban
en buen estado o no.
Sí...-dijo Odic, todavía avergonzado.-A esto me refería con lo de la
misión.
-¿Qué son? Parecían algo... humanas...-dijo Ulver serio y desconfiado.
-Son skaven.-respondió Odic.-Criaturas a medio camino entre rata y
humano. Y cada vez parece haber más. Si os parece, vayamos adentro y os lo
explico todo.
El grupo entró en la posada mientras algunos de los guerreros de la
ciudad se llevaban los cadáveres de los skaven. Odic fue a una de las mesas,
ayudando a levantar las sillas que aún permanecían en el suelo y el resto se
sentaron con él. En tan solo unos pocos minutos, todo parecía estar volviendo a
la normalidad. Nyx se sentó con ellos mientras Unfe fue directo a hablar con
Dorna.
-Sobre el trato que hicimos antes...-empezó el kenku.
Unfe, antes de haber comenzado su actuación, había hecho un trato
con ella. Si con su relato conseguía animar y traer a más gente al local, él se
llevaría un porcentaje de los beneficios. Dorna no parecía confiar demasiado en
la habilidad del ave, pero si conseguía llenar el local, estaría dispuesta a
hacerlo.
-Sí, es verdad. Lo siento.-dijo Dorna tras la barra después de revisar
entre sus estantes. - Tengo que pedirte disculpas. Parece ser que durante el
ataque alguien ha aprovechado y ha saqueado mi caja. Ahora mismo no tengo nada
con qué pagarte.-continuó, entristecida.
Revisó entre sus ropajes y comprobó que tenía algunas monedas.
-Toma. Esto es todo lo que puedo darte por ahora, pero prometo pagar mi
deuda en cuanto pueda, al fin y al cabo, cumpliste tu parte del trato.-dijo más
animada.
El kenku cogió las monedas sin dudarlo y sonrió. Tras ello, volvió con
los demás, que parecían estar hablando de algo importante.
-Solíamos tener tratos con Greywood. Distintos mercaderes se movían
constantemente entre ambas ciudades, intercambiando recursos e información. Siempre hemos tenido muy buena
relación con esa ciudad pero un día dejaron de llegar mercaderes. Al principio
no le dimos importancia pero comenzaron a pasar semanas sin saber nada de la
ciudad. Mandé guerreros para que comprobasen que había ocurrido pero nunca
volvieron. Tras varias expediciones comprobamos que los alrededores estaban
llenos de estos skaven.
-¿Y dentro de Greywood? - preguntó Azariel.
-Nunca pudimos entrar. Durante la noche hordas de estas criaturas
cubren la zona y durante el día parecen desaparecer, pero llegamos a verlos
dentro de la ciudad desde las colinas. Siempre nos han superado en número y en
fuerza. Poco a poco hemos conseguido bajar sus números pero acabarían con
nosotros antes que nosotros con ellos.
-¿Habéis pedido ayuda al Imperio?-preguntó Balagos.
-¿Al Imperio? Ja.-rió con sarcasmo el alguacil.-Para ellos no
existimos. Es esa la razón por la que podemos introducir ilegalmente a personas
en territorio imperial.
Nyx pudo comprobar cómo durante toda la conversación, Odic había estado
acariciando y jugando con uno de sus anillos.
-Pero hay algo más... ¿verdad?-preguntó inquisitivamente.
Odic levantó una de sus comisuras mientras aguantaba las lágirmas.
-Sí. Alannah, mi esposa. Trabajaba en uno de los templos de la ciudad
de Greywood, con Morbus, el sacerdote. Acostumbraba a pasar algunos días allí y
volver pero desde que aparecieron los skaven... no he vuelto a saber de ella.
-¿Y dices que esto ocurrió hace semanas? -preguntó Nímero. -Sabes que
quizá...
-Sí, lo sé. Lo más probable es que esté muerta pero algo en mi interior
me dice que aún sigue con vida. Si pudiérais... ya sé que es mucho pedir,
pero...
El grupo se miró. Parecía demasiado peligroso y no tenía nada que ver
con ellos. Además que en ese momento volvieron a recordar que no eran un grupo,
sino que una coincidencia los había juntado.
-Dejaré que lo penséis. Si decidís algo, por favor, hacédmelo saber.
Gracias otra vez.-dijo Odic mientras se marchaba y con la mano se despidía de
Dorna.
-A mí me interesa ir.-dijo Ulver decidido.- Estas criaturas sólo pueden
venir de algún tipo de magia maligna y quiero descubrir qué es.
El resto le miró. Parecía serio por primera vez desde que lo vieron y
era algo que les ayudaba a tomar su decisión.
-¿Qué decís, entonces? ¿Vamos?-preguntó Nímero.-Siempre podemos
acercarnos y si es demasiado peligroso, nos marchamos. No estamos comprometidos
a nada.-continuó.
-Yo voy. Me gustaría descubrir si su esposa está viva al menos para que
el pueda dormir tranquilo.-dijo Azariel.
Durante los próximos minutos hablaron sobre el tema. De una forma u
otra todos estaban interesados en ir, ya fuera por satisfacer la curiosidad,
por la posibilidad de un generoso pago o por entrar en combate de nuevo. Tras
discutirlo y decidirlo, todos fueron a descansar y, una vez almorzaron, informaron a
Odic de que saldrían inmediatamente a investigarlo. Odic les informó que la
ciudad estaba a dos días de camino en carro y que les recomendaba llegar
durante el día para que fuera más seguro. Les proporcionó dicho carro, les pagó
parte de la recompensa y les agradeció la ayuda de nuevo.
Nímero tomó las riendas del vehículo mientras el resto se acomodaba en la
parte trasera del carro. Nyx tomó un par de piezas de fruta de su bolsa y se
las ofreció a los dos caballos. Usó su habilidad nata de hablar con los animales
y les preguntó si sabían dónde se encontraba la ciudad. Ellos agradecieron el
regalo de la fruta y se ofrecieron a llevarlos hasta allí. El semielfo, Nímero,
se disponía a comenzar el camino cuando vio como los caballos comenzaban a
caminar sin que nadie se lo hubiese ordenado. Confuso, miró a Nyx que se sentó
a su lado.
-Les he preguntado si por favor podían llevarnos a Greywood y han dicho
que sí.-dijo con toda naturalidad.
Nímero sonrió y se lo agradeció.
El grupo de aventureros dejó Springcrest atrás y se adentró en los
bosques al norte con destino a Greywood.