martes, 15 de octubre de 2019

3 - La fiesta


-Adelante, puede pasar.-dijo Odic.

Nímero entró seguido por Balagos al despacho del alguacil de Springcrest. Era una habitación no muy grande, ocupada en su mayor parte por dos celdas con barrotes llenos de óxido y unas cerraduras bastante gastadas. Había unas mesas colocadas sin ningún orden aparente, llenas de papeles, donde un par de hombres apuntaban perezosamente con sus plumas una lista de materiales, ya fueran víveres, datos económicos o incluso elementos que pensaban usar para la fiesta de esa noche. En la mesa más cercana a la puerta permanecía sentado un hombre entrado en años. Su cabeza estaba llena de pequeños pelillos canosos, como las plantas que se resisten a morir en el desierto que era su gran calva. Compensaba su falta de cabello con una buena mata de níveo vello facial. Sus labios, secos e hinchados, parecían haber estado aguantando durante años aquel pesado y gran bigote.

El viejo alzó su mirada curiosa a aquellos visitantes y sonrió a medio lado, hacía ya un tiempo que nadie pasaba por allí. Se levantó rápidamente y trató de ocultar su cojera sin éxito mientras se dirigía hacia el semielfo y le tendió la mano.

-Mi nombre es Odic. Hago las veces de alguacil y gobernante de esta humilde aldea. No puedo agradecer lo suficiente lo que vuestro grupo ha hecho por nuestra aldea, habéis salvado a mucha gente hoy.

Nímero escuchó lo que dijo, pero no pudo evitar fijarse en la vertical cicatriz que le atravesaba el ojo derecho, el cual se encontraba nublado. Entre su apagado ojo y su cojera, el semielfo comprendió que aquel hombre debía haber sido un gran guerrero en su tiempo, e inmediatamente sintió respeto por él.

-Que, por cierto...-continuó el alguacil.- ¿Dónde está el resto de tu grupo?-dijo, echando una mirada al arquero elfo, que apoyó su espalda contra una de las paredes.

-Sí, bueno.-dijo Nímero sonriendo con una leve y algo fingida humildad.-En realidad no somos un grupo. Tan sólo nos encontramos en el viaje y nos defendimos. No somos héroes, tan sólo hicimos lo que habría hecho cualquiera.

Odic lo miró de arriba a abajo. Creía que este semielfo en el fondo no pensaba esto, pero no iba a ser él el que le llevara la contraria.

-Eso da igual. El caso es que salvasteis a mucha gente hoy y eso es digno de agradecimiento. Así que, gracias, de verdad.

-¡No hay de qué!-dijo Balagos.-Aunque supongo que... habrá algo de recompensa, ¿no?-dijo sin ninguna vergüenza.

Nímero le clavó la mirada de forma incluso más fulminante y agresiva que la manera en la que clavaba sus espadas a sus enemigos.

-No estamos aquí por...-comenzó a decir

-¡Claro que sí!-interrumpió Odic mientras atravesaba el umbral de la puerta de su despacho y salía al exterior, acompañándolos a salir con él.-Por supuesto que habrá una recompensa. Somos una aldea humilde, pero pagamos nuestras deudas. Pero, si no os importa, preferiría que hablásemos de ello mañana. Hoy celebramos una fiesta. - señaló a los adornos que decoraban toda la calle.-Y es lo que toca hacer: relajarse y pasárselo bien. Además, sabiendo que vuestro grupo tiene talento para combatir...

Nímero gesticuló de nuevo, como tratando de recordar a Odic que no eran un grupo.

-Es posible que tenga una pequeña misioncilla para vosotros.-continuó hablando, ignorando por completo los gestos del semielfo. - Ha pasado algo en Greywood, pero de eso  hablaremos mañana, ¿os parece?-dijo volviendo a su despacho.

-Mientras esté bien pagada, ahí estaremos todos.-dijo Balagos el elfo con seguridad.

Nímero, incómodo antes sus palabras, le dijo al arquero de volver con el resto y comunicarles lo que habían hablado.

Mientras, en la posada, el tiefling brujo se sentaba en uno de las taburetes frente a la barra y buscaba con su mirada alguien para atenderle. Enseguida captó quién trabajaba allí: una corpulenta enana, con el pelo rubio recogido en una cola de caballo desordenada. Esta mujer se dedicaba a gritar al resto de clientes para ayudarle a colocar los carteles, velas y adornos para la fiesta, impidiéndoles consumir sus bebidas.

En cuanto su mirada se cruzó con la del tiefling, dio un par de gritos más a algunos clientes que trataban de escaquearse y volvió tras la barra.

-Disculpa, hoy es un día muy atareado y estos holgazanes pretenden que lo haga yo todo, con lo que yo he hecho por ellos.-dijo ella.

-Tres cervezas, por favor.-dijo ignorándola por completo.

-No, yo no quiero, ¡gracias!-dijo rápidamente el kenku mientras se sentaba a su lado.-

-¡Oh! ¡Me había olvidado de ti, pajarito!-gritó el tiefling.-¡Que sean cuatro cervezas entonces!-le dijo levantando cuatro dedos a la posadera.

-Pero...-protestó el pequeño hombre cuervo.

-Tú vas a beber también, pajarito.-insistió el brujo.

-Me llamo Unfe.-replicó algo ofendido el kenku.-No soy un pajarito, soy un kenku.

-Te llamas Unfe... ¡tomo nota, pajarito!-continuó el brujo, irrespetuoso, al fin y al cabo tampoco había tratado apenas con otras personas y con las que pudo tratar no eran precisamente de su agrado.

Mientras la posadera servía las bebidas, Azariel y la gnoma entraron y se fueron a sentar a una mesa vacía. La tritón pidió una cerveza y la gnoma algo sin alcohol.

-Yo soy Azariel, por cierto. ¿Tú cómo te llamas? No lo habéis dicho antes.-le dijo mirando a la pequeña directamente a los ojos de forma despreocupada.

La gnoma apartó su mirada y la dirigió al suelo y casi susurrando dijo:

-Soy Nyx.

-¡Nyx! Encantada, Nyx.-dijo sonriente Azariel, tratando de encajar su mirada con la de su compañera sin éxito. No entendía qué le ocurría o por qué se avergonzaba.

Azariel, pese a hablar la lengua común, estaba convencida de que aún no entendía bien a los de la superficie. Si bien era cierto que los de su ciudad no se relacionaban mucho con los seres de tierra, los tritones siempre habían sido seres sociales. Al fin y al cabo eran un número limitado y todo tenía que funcionar como un engranaje bien engrasado o su raza acabaría por desaparecer. Y entonces sin poder evitarlo, la monje tritón paso de una sonrisa a un gesto curvado. Por un lado estaba feliz por aprender tantas cosas nuevas y visitar tierras que nunca había visitado; incluso tenía la esperanza de volver a ver a su hermano. Y al mismo tiempo si pensaba por un segundo en Tharqualnaar, su ciudad natal, su corazón caía hasta el suelo.

Bebió un buen trago de cerveza al mismo tiempo que Balagos y Nímero entraban por la puerta de la posada. Ella levantó el brazo indicándoles donde estaban y ellos les acompañaron en la mesa. Al poco, el tiefling y Unfe, el kenku, se sentaron con ellos. Todos esperaron en silencio mirando al elfo y al semielfo.

-Bien, bueno, Odic nos ha agradecido lo que hemos hecho hoy por esta aldea y... -dudó Nímero por un segundo y  miró a Balagos con cierto sentimiento de culpabilidad.-ha dicho que tendremos nuestra recompensa.

Todos se miraron entre sí y sonrieron.

-Y además.-continuó el semielfo.-ha dicho que ha ocurrido algo en la ciudad vecina y que nos recompensaría si le ayudásemos.

-¿Qué habría que hacer?-preguntó Unfe.

-No lo ha dicho. Dijo que hoy estaban de fiesta y que era mejor no hablar del tema.

-¡Claro que es fiesta!-dijo la enana acercándose a la mesa.-Hoy celebramos un aniversario muy importante en Springcrest.

-¿Aniversario? ¿De qué?-preguntó el kenku, curioso.

-Bueno, uhm...-dijo la enana algo avergonzada.-De cara al Imperio celebramos el aniversario de su conquista pero en realidad...-bajó la voz hasta un susurro-estamos celebrando un aniversario de un combate donde el reino de Volantia venció. Y ocurrió aquí.

-¿No os da problemas? Teniendo en cuenta que sois la entrada al Imperio.-dijo Nímero.

-Bueno, sí. El asunto es que no se enteren o, al menos, no parecen querer enterarse. Los pocos que quedamos viviendo aquí seguimos siendo fieles a lo que una vez fue el reino de Volantia. Formamos parte de Aranea pero es nuestra forma de mostrar rebeldía, supongo.-dijo ella, empezando a darse cuenta de que quizá era una rebeldía muy inocente.

-Estáis dejando entrar familias que lo necesitan. E incluso algún que otro enemigo del Imperio-dijo el semielfo guiñando un poco el ojo.-Creo que de verdad estáis haciendo algo importante.

La enana le sonrió y prosiguió en su tarea de colocar los adornos por la posada.

-Me llamo Unfe.-dijo el pequeño cuervo humanoide.

-Yo Azariel-repitió la tritón.

-Balagos.-dijo el elfo cruzándose de brazos y reclinándose en la silla.

-Yo soy Nyx.-dijo la gnoma.

-¿Y tú?-dijo Nímero mirando al tiefling, que parecía haberse quedado dormido en la mesa.

-Uhm... Ulver. Soy Ulver.-dijo finalmente y a regañadientes, como si fuese una gran molestia.

-Yo Nímero.-continuó.-Viendo que a sus ojos somos un grupo, al menos conocernos un poco.-¿Traigo bebida?

-¡Yo te ayudo!-le dijo Azariel.

Nyx se quedó mirando a la tabernera y pudo comprobar que múltiples cicatrices recorrían sus brazos y piernas. No parecía que "dueña de la posada" hubiera sido su oficio toda su vida. Curiosa, se levantó y fue a hablar con ella.

-¿Puedo ayudar?-le dijo.

-Oh, sí, pequeña. Ten, toma.-le dijo, dejando caer en sus manos unos pequeños ornamentos.

Nyx tuvo que subirse a una silla debido a su baja estatura, pero siguió sus órdenes mientras colocaba todo.

-¿Eras guerrera?-preguntó la gnoma sin miramientos, lo cual sorprendió a la enana, que echó a reír.

-Pues sí. Qué perspicaz. Sí, Dorna la tabernera antes era Dorna la guerrera. Nadie era capaz de parar mi gran martillo de guerra. Luché en su momento... cuando el Imperio se aprovechó de nuestra temporal alianza.

-¿Y lo has dejado?

-Oh, sí. Esa vida ya no es para mí. Ahora ya no hay guerra que luchar. El Imperio ha vencido, con todo lo que eso conlleva. Quiero pasar mi vejez lo más tranquila posible.-continuó, aunque Nyx pudo percibir que no estaba siendo del todo sincera.-Aunque a veces echo de menos los viejos tiempos... todo era más... colorido, más mágico.

E inmediatamente el corazón de Nyx se llenó de tristeza. "Más mágico", repitió en su cabeza. Sí que lo era, sí. Ella había pasado prácticamente toda su vida en los bosques al oeste, viviendo entre cientos de mágicas criaturas, increíbles y maravillosas. Y en los últimos años habían empezado a desaparecer, a morir. Ella misma lo notaba en los poderes que la naturaleza le otorgaba. Como si hubiera dicho algo que hubiera ofendido a los árboles y ahora estos le diesen la espalda. Era algo que la entristecía mucho y, a la vez, la llenaba de determinación. Por un segundo recordó algunas de las imágenes de sus visiones y esto la reforzó aún más.-

Volverá a ser más colorido y más mágico. Ya verás.-le dijo, terminando de colocar los adornos y volviendo a la mesa.

A los pocos minutos, Nímero y Azariel volvieron con las bebidas y brindaron. Ulver bebió la cerveza de Unfe antes incluso de que este se la ofreciese y todos se relajaron allí durante un rato.

Llegó la noche y el pueblo comenzó a animarse. La gente bebía, gritaba y bailaba. La taberna tenía clientela, pero a la enana parecía decepcionarle que no hubiera más gente. Entre el grupo de héroes forasteros se miraban, esperando que alguno iniciase una conversación, rezando para que algo rompiera ese silencio incómodo. El kenku se levantó sin decir nada y todos vieron que hablaba con Dorna. Ella parecía pensativa, dudosa ante lo que el ave decía pero finalmente parecía aceptar aquello que Unfe parecía ofrecerle.

-¿Qué está tramando?-preguntó Balagos.

El resto le miró y se encogieron de hombros, pero observaron como se acercaba a la tarima de una de las esquinas del local y aclarándose la garganta pedía atención. La gente lo ignoró durante unos segundos hasta que llevaron su mirada hasta aquel extraño ser cuya raza casi ninguno conocía. Pronto la curiosidad consiguió silenciarlos a todos y Unfe, el kenku, comenzó.

Sacó sus notas y comenzó a recitarlas. La pluma con las que lo había escrito, ahora en su mano, brillaba, pareciendo oscurecer el resto del local. De aquella extraña luz y a través de sus palabras, empezaron a aparecer imágenes translúcidas. Nyx comprendió qué trataba de hacer y decidió utilizar parte de su magia para ayudar a ampliar la ilusión.

Pronto todos comprendieron qué era aquello que estaba enseñando. Se veía el camino por el bosque, los carros, las distintas familias subiéndose a ellos para llegar a Springcrest y, de forma especialmente exagerada y épica se veía a Nímero, a Azariel, Balagos, Nyx, Ulver y al propio Unfe. Era un relato de aventuras. Se veía el ataque goblin, se veía a estos improvisados héroes tomando cartas en el asunto y defendiendo las vidas de la gente. Pronto la taberna comenzó a llenarse, a aplaudir, a emocionarse, a señalar a los héroes y a sentirse relajados, protegidos y felices.

Unfe terminó el relato. Todos aplaudieron y la fiesta no hizo más que avivarse. El cuervo volvió a la mesa y el resto lo felicitó. Dorna les trajo bebida gratis durante las próximas horas, lo cual aprovecharon.

Un gruñido, un fuerte golpe y un grito en el exterior acalló de repente el ruido del interior de la posada. Todo quedó en silencio durante unos segundos. Los aventureros se levantaron y permanecieron en alerta y entonces la puerta se abrió violentamente. Un cuerpo, ahora cadáver, cayó al suelo del local. Los aldeanos gritaron y se empujaron los unos a los otros.

Azariel, sin pensarlo siquiera, se levantó como un torbellino y corrió al exterior de la taberna. Ulver caminó detrás de ella. Nímero y Balagos se miraron y rápidamente subieron por las escaleras al segundo piso, donde se encontraban las habitaciones. Entraron de un golpe por la puerta de una de ellas y corrieron hasta el balcón para ver lo que ocurría en el exterior desde una posición ventajosa. Nyx fue a junto el cadáver para ver si aún tendría tiempo de hacer algo por él pero tan pronto lo puso boca arriba vio un enorme y feo mordisco en el pecho. Era demasiado tarde. Unfe se ocultó con el resto de aldeanos entre las mesas.

Tan pronto como la tritón llegó al exterior del local vio una cimitarra oxidada atravesar el cuerpo de un guardia, que cayó inerte al suelo. Tres abominaciones estaban ahora mirándola fijamente a ella y también a Ulver. Eran hombres rata, completamente pelados, tapados simplemente con un trozo de tela en la cintura. Su piel parecía haber sido estirada y rasgada y estaba llena de bultos, granos y pus. Sus dientes sobresalían incluso a través de la cara.

El tiefling comenzó a cargar una energía oscura en su brazo y dijo:

-Acabemos con ellos.

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