Tras la guerra, el Imperio de Aranea fortificó sus fronteras de manera
que pudiera controlar la entrada y salida de personas, ya fuera para prohibir
la infiltración de enemigos como la huida de los mismos. Al sur, sin embargo,
un pequeño poblado llamado Springcrest dedicó casi un lustro a actuar como
puerta entre los Pueblos Libres y el Imperio de forma ilegal. Un carruaje
mercante se encargaba de recoger a los interesados en sitios acordados
previamente y los guardas de dicho poblado harían la vista gorda.
Esto ocurría ya que Springcrest antaño formaba parte del Reino de
Volantia y tras ser conquistados, juraron lealtad al Imperio, pero las familias
que allí vivían aún se consideraban, en secreto, defensores del antiguo Reino.
La emperatriz sabía que esto ocurría, pero había decidido no hacer nada al
respecto mientras no le causase suficientes problemas ya que al fin y al cabo
por esa entrada también se introducía de forma ilegal minerales y recursos
importantes para el Imperio.
Una tarde lluviosa, el cochero recorría el camino de siempre. En su
primera parada se encontraban dos extraños personajes: un hombre vestido todo
de negro, encapuchado; y una mujer realmente pequeña de altura, ataviada con
una capa de viaje. El cochero paró, les hizo una seña para que se acercasen y
les susurró el precio. Eran 10 monedas de oro, lo que para un pasaje habitual
resultaba costoso, pero al fin y al cabo estaban siendo trasladados
ilegalmente.
Ambos pagaron sin rechistar y el cochero pudo fijarse por los rasgos que
la pequeña figura se trataba de una gnoma. Por un momento se sorprendió, porque
aunque el bosque al suroeste era un lugar habitual para los de su raza, hacía
años que no se había encontrado con un gnomo y le resultaba extraño que
quisiera ir al Imperio, teniendo en cuenta que los imperiales tenían una fama
bien merecida de odiar a los no-humanos. El cochero llevaba una serie de tres
carros unidos, tapados todos con una lona para que no se viera qué había en su
interior. Todo esto tirado por cuatro caballos. Los dos extraños se
introdujeron en el primer carro sin mediar palabra y se asentaron en su
interior.
Cerca de tres cuartos de hora después, el carruaje llegó a su siguiente
parada. Allí, en el borde del camino, se encontraba una familia de semiorcos,
un barbudo y descuidado tiefling que vestía una túnica y a su lado, una figura delgada pero altiva: un
elfo, con los dos lados de la cabeza pelados y una coleta rubia. El elfo había
pasado los últimos minutos echando miradas de desdén al tiefling, el cual
desprendía un desagradable olor, como si no se hubiera lavado en meses. La
familia de semiorcos pagó al cochero, después fue el tiefling.
-Diez monedas de oro.-dijo secamente el cochero, alargando la mano.
-Dos.-le respondió el tiefling.
Ambos se miraron por unos segundos. El cochero esperó con la mano
abierta.
-¡Cinco monedas!-dijo el semidemonio buscando en su bolsa.
-Diez.
El tiefling suspiró y dejó finalmente las diez monedas. Tras él, el elfo
dejó el pago acordado sin abrir la boca, lo que el cochero agradeció. Viendo que
su oloroso compañero se dirigía al último carro, él se subió al primero, donde
habían entrado el hombre de negro y la gnoma. El elfo llevaba a su espalda un
arco y un carcaj lleno de flechas, así como dos espadas a los costados y no se
molestaba en ocultarlo, lo que llamó la atención del encapuchado.
En la última parada sólo esperaban dos extraños seres, posiblemente de lo
más extraño que alguien pudiera ver en el continente de Drakandria. El primero
era un kenku, una raza de pequeños hombres-cuervo considerada por muchos como
extinta. Tras él, una tritón, un ser semi-marino del que la mayoría de habitantes
sólo habían oído hablar en leyendas urbanas. A la tritón le sorprendió el
extraño sombrero que vestía el kenku, pensando si era normal en la superficie.
Al kenku le llamó la atención el gran tridente que ella llevaba a la espalda,
como si fuese algún tipo de guerrera.
El cochero paró, observó de arriba a abajo a los extraños seres y volvió a repetir el precio del viaje. El kenku revisó
por un momento en su bolsa y vio que tenía suficiente dinero para pagar.
-No tengo suficiente. ¿Podrías prestarme un poco? - le dijo a su nueva compañera azul.
-Sí, ¡claro!-respondió ella sonriendo.
La tritón pagó los dos pasajes sin dejar de sonreír y sin más dilación ambos se
subieron al segundo carro, atrayendo las miradas de los que los acompañaban.
Tras unas horas de viaje llegó el anochecer. La lluvia se había
detenido, pero el ambiente aún estaba húmedo. Los viajeros permanecían en
silencio, nerviosos, esperando que en cualquier momento un soldado del imperio
moviera la tela que los cubría y los arrestasen a todos. La única melodía que
los acompañaba era la que las ruedas hacían al atravesar el barro. Y entonces
el elfo reaccionó.
-¿Oísteis eso?-dijo en alto, llevándose las manos inmediatamente a sus
armas, tras escuchar como una rama se rompía cerca de allí.
-Sí. Yo lo he oído.-le respondió el hombre de negro, quitándose la
capucha y dejando ver un rostro bello pero maltratado, con barba de unos días,
pelo negro algo grasiento y unas orejas picudas.
Al elfo le sorprendió ver a un híbrido por allí pero antes de poder hacer
algún comentario el sonido de una flecha cortando el aire y clávandose en la
madera del carro lo interurmpió.
-¡GOBLINS!-gritó el cochero, que sin esperar a nadie, detuvo el carro,
soltó las riendas y corrió en la dirección contraria.
De entre los viajeros algunos echaron a correr y otros se escondieron
dentro del carro, asustados. El semielfo sin esperar a nadie hizo una pirueta y
se subió al techo, escondido tras la tela y echó un vistazo rápido: un
grupo de 6 goblins dirigidos por un hobgoblin, un ser igual de feo que ellos
pero más corpulento y anaranjado. Les gritaba algo en otro idioma y los
zarandeaba. El semielfo echó la mano a sus dagas, preparado para atacar.
El tiefling, que había permanecido todo el viaje durmiendo, se despertó
ante el ruido y salió directamente del carro gritando en infernal: "¿QUÉ
COJONES PASA AQUÍ?", encontrándose con la sorpresa de unos goblins armados con unas pequeñas cimitarras. El kenku vio a la tritón coger su
tridente y salir dispuesta a luchar, así que aprovechó y salió por el otro
lado, escondiéndose bajo el carro entre las ruedas.
El semielfo cogió una de sus dagas y la lanzó en el mismo instante en el
que su compañero rubio de orejas picudas se subía al carro, desiquilibrándolo y
fallando el lanzamiento. El hobgoblin clavó su mirada en ellos.
Y comenzó el combate. La tritón fue directa a por el líder que paró sus
golpes con la espada. El arquero aprovechó esto para lanzar un par de flechas a
dos goblins, que murieron al instante. Cuando un tercero apuntó con su ballesta al elfo, el semielfo lanzó otra de sus dagas, evitando que disparase y matándolo al instante. Uno de los goblins desenvainó una
oxidada cimitarra para atacar al tiefling, el cual, usando su brujería, le
apuntó con la palma de una mano y le lanzó una descarga de energía oscura que
volatilizó al pequeño ser verde antes de que pudiera entender qué le había
ocurrido.
El kenku observaba todo el combate escondido bajo el carro, escribiendo
con una pluma en su libro lo que acontecía y la gnoma seguía sin moverse,
despreocupada, hasta que oyó a un caballo gruñir y quejarse. Ella, que aún
permanecía en el primer carro, apartó la tela y vio a uno de los goblins
clavando su cimitarra en el cuello de los caballos, que empezaron a desangrarse
en el suelo. Furiosa, sacó unos pequeños dardos de su bolsa y se los lanzó al
goblin, clavándose en su frente y garganta, muriendo ahogado por su propia
sangre. Tras eso, los pendientes de la gnoma comenzaron a vibrar y brillar con
magia. Y empezó a hablar con los caballos que, sorprendidos, la entendían perfectamente.
Los acarició y calmó hasta que, finalmente, murieron.
La tritón consiguió golpear el espadón del hobgoblin con su tridente,
desarmándolo, y continuó golpeándolo con puñetazos y patadas a una velocidad
sobrehumana, que nunca ninguno de los presentes había visto. Utilizaba su ki,
una energía que su espíritu cogía del mismo universo y lo traducía en una
velocidad y fuerza excepcionales, utilizando su cuerpo como arma mortal.
El hobgoblin gruñó de dolor y maldijo. Había robado y atacado a viajeros
por esos terrenos varias veces pero nunca se había encontrado con una
resistencia tan peligrosa. Con uno de sus gruñidos ordenó al último goblin
atacar a la monje tritón, la cual lo mató fácilmente. El hobgoblin pretendía aprovechar el despiste y huir, pero antes de que esto ocurriese una espada atravesó su pecho desde la espalda.
El semielfo, silencioso y con suma destreza, había saltado desde lo alto del
carro, poniéndose a su espalda sin llamar su atención y lo había asesinado.
Todos los enemigos habían caído. El kenku salió de su escondite, el elfo saltó desde su posición ventajosa y la
gnoma salió del carro, uniéndose a los otros tres. Lo habían conseguido, habían detenido el ataque.
Los seis héroes se miraron.
Un semielfo asesino, una tritón monje, un elfo cazador, un tiefling
brujo, un kenku bardo y una gnoma druida.
Todos se hicieron un gesto con la cabeza y, en ese mismo instante, esos seis
aventureros ignoraban por completo las grandes cosas que lograrían hacer algún día todos juntos.